Jorge Abbondanza
Este viernes se estrenará "La dama de hierro", nueva labor donde Meryl Streep interpreta a Margaret Thatcher, gracias a la cual figura nuevamente entre los candidatos al Oscar para el próximo domingo 26 de febrero.
Esta gran actriz ya ganó dos veces el premio de la Academia, y es cierto que otras colegas lo han obtenido tres veces (como Ingrid Bergman) y hasta cuatro (como Katharine Hepburn). Pero ninguna figuró diecisiete veces entre las candidatas, un récord que debe contabilizarse entre los abundantes créditos que Meryl Streep ha acumulado a lo largo de 35 años de carrera. Nacida en 1949, la actriz había hecho algunos trabajos para televisión en el comienzo mismo de su actividad profesional, y se hizo notar por un papel juvenil en la miniserie Holocausto, donde ya afloraba una sensibilidad que luego se haría famosa. Esa muchacha de cara afilada, con larga nariz, asomaría en un personaje lateral de Julia, a la sombra de Jane Fonda y Vanessa Redgrave, que en 1977 fue su debut en el cine. Subiría velozmente hacia mayores compromisos dramáticos, como la joven enamorada de El francotirador, aquella película con fondo bélico de la que en 1978 se habló más de lo merecido y en la que Streep era uno de los puntos a favor.
Inmediatamente, Woody Allen le echó el ojo y la incorporó al reparto femenino de Manhattan (1979), pero ese mismo año se convirtió en la mujer que se divorciaba de Dustin Hoffman en Kramer vs. Kramer, por la que recibió un Oscar como mejor actriz secundaria y que en adelante le aseguró un estrellato del que ya no bajaría. Fue a Inglaterra para hacer La amante del teniente francés, aquella mujer ambigua del novecientos, que se desdoblaba en la actriz de la actualidad encargada de ese personaje, en una pirueta de cine dentro del cine. A esa altura (1981), Meryl ya era una figura consagrada, categoría que afianzó al año siguiente con su espectacular interpretación en La decisión de Sophie, un retrato de la madre judía que debe salvar a uno de sus dos hijos en el umbral del campo de exterminio. Por esa labor tuvo su segundo Oscar, además de elogios torrenciales, pasando en 1983 a componer a la obrera de Silkwood, mujer embravecida y dispuesta a denunciar el envenenamiento provocado por una industria, lo cual la enfrentaba a poderosos intereses y finalmente le costaba la vida.
Lo que iba perfilándose en la trayectoria de la actriz era su carácter maleable para delinear personajes muy variados, y sobre todo su inclinación a retratarlos con detalles llamativos de acento en la voz, cambios de apariencia, modalidades para moverse o caminar: una vocación para las composiciones elaboradas y a veces barrocas, que revelan la amplitud de su registro pero también el poderío de su técnica interpretativa. Ese despliegue de técnica profesional es lo que a veces se le ha reprochado, señalándose que su manera de trabajar un papel se percibe por fuera, como si se tratara de una maquinaria en acción. Pero eso es quizá lo que también resulta fascinante en sus tareas cinematográficas, como la escritora y gastrónoma dinamarquesa que protagonizaba África mía (1985) y que estaba bordada con muchas finezas. Claro que esa tendencia puede convertirse en un riesgo y llevarla hasta el borde de la caricatura, como ocurrió hace poco con su papel de cocinera de televisión en Julie y Julia, pero en los mejores trechos de esa carrera llegó a crear aquella patética silueta de mendiga en Ironweed (1987, junto a Jack Nicholson) donde tenía una escena imborrable cuando el personaje cantaba frente a los parroquianos de un bar, con gesto desgarrador y voz temblorosa.
Después desfilarían otros trabajos de interés, desde la hija aplastada por madre absorbente (Recuerdos de Hollywood, con Shirley MacLaine) o la esposa oprimida de La casa de los espíritus (1993), hasta la mujer otoñal y solitaria que vive un romance pasajero (Los puentes de Madison), la intelectual compadecida de Las horas o la arpía que dirige una revista femenina en El diablo viste a la moda. Por el camino, aceptó algún compromiso valioso en la televisión, como la miniserie sobre una notable obra teatral (Ángeles en América), donde no lograba una proeza sino dos, dentro de esas acrobacias de caracterización que a ella le gustan. En una escena sorprendente, aparecía como un viejo rabino, travestida con galerita, barba y todo, mientras en otra surgía en medio de la noche, junto a la cama donde agonizaba Al Pacino, convertida en el fantasma de Ethel Rosenberg, la mujer ejecutada en la silla eléctrica bajo sospechas de espionaje atómico. Esos minutos eran magnéticos, por obra de Meryl.
Y ahora, en La dama de hierro que se acerca a Montevideo, sacude al espectador desde la primera escena, porque en ese comienzo es una Margaret Thatcher ya vieja y enferma, de mirada nublada, voz áspera, movimientos dificultosos y andar inseguro. Como se sabe, actualmente esa mujer que presidió el gobierno británico durante once años en las décadas del 70 y el 80, es una anciana con mal de Alzheimer que vive recluida. En la película, sirve a Meryl Streep para otra de sus transformaciones, que comienza con esa vejez maltrecha, pero retrocede en algunas evocaciones del pasado a los apogeos del personaje cuando ganaba las elecciones, ganaba la Guerra de las Malvinas, ganaba los debates en el Parlamento y ganaba el odio de la clase trabajadora inglesa. Allí la actriz impone toda la seducción que sabe desplegar, aunque también el don de mando con el que Thatcher subió en su época por encima de cualquier competidor masculino, hasta convertirse en el primer gobernante con pollera que ha tenido el Reino Unido en su historia. El cine británico suele dedicar grandes producciones a las mujeres de la realeza (Isabel I, gracias a Cate Blanchett, Victoria gracias a Judi Dench, Isabel II gracias a Helen Mirren), pero esta plebeya puede competir ahora con esas otras congéneres, gracias a Meryl Streep.
Cuatro puntos en una inmensa carrera
Holocausto
1978
Coprotagonizada por James Woods, esta miniserie contaba la historia del Holocausto vista desde el punto de vista de una familia judía.
Kramer contra Kramer
1979
Junto a Dustin Hoffman, Streep llevó adelante este drama sobre una pareja en proceso de divorcio y las repercusiones sobre todos los involucrados.
Silkwood
1983
Dirigida por Mike Nichols, tomaba una historia real de una mujer que murió en un accidente mientras investigaba un caso de contaminación.
Los puentes de Madison
1995
Clint Eastwood le ofreció a Streep la mayor presencia en este film romántico que la ponía en el difícil papel de una mujer ante un amor posible.
Mamma mía!
2008
Adaptación del musical de Broadway hecho a partir de la música de Abba. Es, hasta la fecha, la película de Streep de mayor recaudación.