HEBERT GATTO
En este periódico, el 15 pasado se publicó una excelente página comentando los próximos comicios en el mundo. La lectura resulta aleccionadora pero decepcionante. Como si los probables resultados electorales, en lugar de conducirnos hacia una mejor convivencia, como cabría esperar, nos retornaran directamente al autoritarismo.
En materia política, a diferencia de otras áreas, tenemos un indicador de ganancia o de pérdida de calidad: la democracia. Cuanto más profundice un estado en dejar en manos de su pueblo sus decisiones soberanas, más confiados podremos estar de su progreso. No porque la democracia otorgue felicidad o impida políticas agresivas e ilegales en materia internacional. Si bien hubo pocas o ninguna guerra entre democracias, ello no impidió que las grandes naciones de occidente desconocieran el derecho internacional y la independencia de otros pueblos, practicando un colonialismo, que todavía hace sangrar, o insistido en la cobarde prepotencia militar, como en el reciente bombardeo de Libia, desde el anonimato y sin arriesgar un solo hombre.
Si en algunas ocasiones dichas políticas pudieron justificarse en la defensa de valores superiores, como en las guerras mundiales o en la denominada "guerra fría", ello ocurre cada vez menos. Solo con el ejemplo de los Estados Unidos en Guantánamo -donde comete tropelías violatorias de las garantías penales en un enclave colonial para de ese modo preservar la santidad de su territorio y su justicia-, mentamos una colosal hipocresía, indigna de la primera república que enseñó independencia y derechos humanos al resto del mundo.
No obstante ello, la democracia sigue siendo el bien más preciado en materia política. Por más que, por lo visto, muy poco se le concederá este año. En nuestro continente México, Venezuela y Estados Unidos tendrán elecciones, en el primero todo indica que el PRI, el viejo partido hegemónico durante décadas, reconquistará el gobierno, salvo cambios importantes en su estructura, o un descollante protagonismo del candidato Enrique Peña, no cabe esperar demasiado de un país donde el narcotráfico parece ganar la partida. Menos esperanza suscita Venezuela, si, como se augura, triunfa Hugo Chávez, jugado al populismo bolivariano y a la presidencia vitalicia. En cuanto a Barack Obama, probablemente reelecto, poco ha dado, más que su tez cobriza y la ambigua muerte de Bin Laden.
En Europa, la derrota de Sarkozy, y el triunfo de la socialista Hollande, una Zapatero gala, será seguramente, más de lo mismo, al igual que en Rusia, donde Putin, ex agente de la NKVD, augura poco, pero peor. En África y en Asia las elecciones son muchas pero los buenos resultados improbables. En Egipto, la caída de Mubarak, un dictador apolillado, abrió paso al posible éxito de los siniestros Hermanos Musulmanes, afiliados a un islamismo que mete miedo, algo parecido a lo que puede ocurrir en Libia, "liberada" por la OTAN y codiciada por los religiosos coránicos; en Siria todo es incierto mientras Assad resista, al tiempo que en Irán seguirá gobernando un dios que repudia el renacimiento y la ilustración. En China, el cambio de dirigencia ni siquiera merece elecciones, la dictadura partidaria se mantendrá, para vergüenza de Marx y solaz de los capitales, al tiempo que en Yemen se prolongará la matanza.
¿Poco, verdad?
En materia política, tenemos un indicador de ganancia o pérdida de calidad: la democracia.