Brotes verdes". Esa expresión se hizo famosa en España cuando, a poco de anunciar la fecha de las elecciones, el presidente Rodríguez Zapatero la usó para afirmar que la economía de su país había pasado lo peor de la crisis. La realidad mostró luego que el mandatario socialista volvía a errar en el diagnóstico, la crisis siguió cebándose con su país, y su partido terminó recibiendo una derrota histórica en las elecciones.
Pero cuando el mundo desarrollado ingresa ya en el cuarto año de penurias económicas (la quiebra de Lehman Brothers fue en septiembre de 2008, pero los problemas comenzaron antes) hay señales que marcan un diferencial importante a la hora de hacer un balance en torno a las políticas aplicadas para enfrentar la crisis. Señales que vienen generando un debate ideológico importante y que están pasando algo desapercibidas en Uruguay, donde ensoberbercido por la bonanza, el "nuevo uruguayo" se lanza a un frenesí de consumo con poca consideración a lo que ocurre alrededor.
Donde ya nadie tiene dudas de que esos "brotes verdes" comienzan a dominar el paisaje, es en la economía de Estados Unidos. Si bien la recuperación está lejos de ser todo lo robusta que debería tras una crisis tan honda, las últimas cifras empujan al optimismo. En diciembre ese país creó 200 mil empleos, (el doble que en noviembre), y el desempleo cayó al 8,5%. Los analistas han aumentado la previsión de crecimiento para la economía estadounidense al 3,5% para este año, ante un aumento sostenido de la inversión y el consumo.
El contraste con lo que sucede en Europa en tanto, es notable. Las autoridades de la UE recientemente han recortado las previsiones de crecimiento para 2012 a 0,5%, anuncian un desempleo promedio de 9,5% y todo dependiendo de que la agobiante crisis de la deuda logre ser encauzada. Y a esto se suma el hecho de que como dice la expresión "en los promedios se ahogan los petisos", ya que los datos de economías fuertes como la alemana, encubren realidades dramáticas como la italiana o la española, donde el desempleo supera ya el 22% de la fuerza laboral.
Y en este panorama irrumpe, como no podía ser de otra manera, la ideología. Semanas atrás un artículo del columnista del The New York Times, Paul Krugman titulado "Keynes tenía razón" generaba furor en Europa. Allí el premio Nobel de economía volvía a defender que la solución a la crisis debía venir por el lado del aumento del gasto público y que el endeudamiento no debía preocupar tanto como el desempleo. Con la salvedad de que esta vez Krugman admitía que casos como Grecia o Irlanda escapaban un poco a sus recetas ya que no queda mucha gente en el mundo dispuesta a seguir prestándoles dinero.
Lo curioso es que Krugman, con un tono politizado muy poco común para su país, criticaba duramente al gobierno de Obama por no haber apelado con más énfasis al gasto estatal para impulsar la economía. Curioso, porque esas políticas de Obama que generan tanto rechazo en el nuevo "pope" del keynesianismo global, parecen estar dando mucho más resultado que las impulsadas por dilectos seguidores de su doctrina.
En ese sentido, está cada vez más clara la diferencia de enfoques a uno y otro lado del Atlántico Norte. Mientras que Europa se endeuda y aumenta los impuestos para defender su Estado de Bienestar, Estados Unidos, aún con un gobierno demócrata, apuesta a una recuperación industrial y empresarial como forma de impulsar su economía, bajando impuestos y recortando sus déficits. Esta dicotomía ha sido resaltada hasta la caricatura por el aspirante republicano Mitt Romney quien en un acto llegó a afirmar que "no creo en Europa, creo en América". Romney, quien vivió en Francia como misionero mormón, sostuvo que el modelo europeo elimina el espíritu de riesgo tradicional de su país, y "sustituye la meritocracia por la envidia".
Lo interesante desde la perspectiva americana es observar estos debates sin caer en la trampa de pretender copiar modelos ajenos, pero sí extrayendo lecciones aplicables a nuestra realidad. Una de las cuales puede estar incluso en el texto del propio Krugman, que sostiene que "el momento idóneo para la austeridad fiscal es cuando hay expansión económica y no recesión". Algo de lo que podrían tomar nota muchos de sus seguidores en el gobierno uruguayo actual, que parecen estar haciendo todo lo contrario.