Jueves 19.01.2012, 18:10 hs l Montevideo, Uruguay.
 
 
 
 
 
 
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Ciudades

El pueblo que solo las estrellas iluminan

Cabo Polonio. Cada vez fascina a más gente; en enero llegaron hasta 1.995 en un sólo día

CABO POLONIO | ANDRÉS ROIZEN

Cabo Polonio es uno de esos tesoros bien guardados de la costa uruguaya, pero parece estar saliendo a la luz. La belleza del lugar llama a los visitantes de forma masiva, aunque la felicidad por su llegada no es igual entre los primeros pobladores.

Hay algunos rincones de la costa de Rocha que se potencian al mezclar la belleza de los paisajes con la magia de ser casi secretos. Y entre esos lugares únicos y escondidos, Cabo Polonio tiene un sitio de privilegio.

Su disposición geográfica ya lo coloca en un extremo, protegido por amplias arenas y vegetación cerrada. Las olas son las dueñas de sus playas y las rocas se vuelven murallas perfectas.

La historia es amplia en el Polonio, un sitio que se dice debe su nombre a un tal capitán Polloni que naufragó con su embarcación en las costas del lugar el último día de 1753. Años más tarde, en 1881, y como producto de los numerosos naufragios en la zona, se levantó el faro, que se divisa a lo lejos como un colosal vigilante.

Vaquerías coloniales, pesca de lobos marinos para el uso de la piel y la grasa, la posterior pesca del tiburón y el perfil turístico actual han pasado por el balneario sin quitarle nada de su belleza y sumando historias para una larga colección.

La entrada al Cabo, que fue declarado área protegida, está en el kilómetro 264,5 de la ruta 10. Desde ahí hasta el Polonio hay unos 7 kilómetros.

Las playas son tan amplias como agitadas: a un lado se ubica la playa de la Calavera y al otro la playa Sur.

En Cabo Polonio sólo el faro y la oficina de la Dinama tienen energía eléctrica. El resto de los lugares se abastece con paneles solares, energía eólica o utilizan generadores.

El ingreso en auto al lugar está prohibido, salvo para algunos propietarios que deben tramitar un permiso especial. Ciertos visitantes optan por llegar a pie, pero la mayoría lo hace en los clásicos camiones todoterreno que van y vienen por $170 y demoran cerca de 20 minutos en completar el recorrido.

Son 18 camiones los que andan por los caminos que parecen recién abiertos. El viaje en esos vehículos se vuelve por sí solo un prólogo de la aventura que significa una visita al lugar.

"Es como andar a caballo", comentó un turista uruguayo durante el recorrido del camión, en pleno balanceo. Pero una brasileña, sorprendida por el panorama, retrucó entre risas: "Más que nada parece como andar en elefante".

El paseo en los pesados vehículos se hace entre risas. Algunos eligen un lugar en lo que oficia como segundo piso, donde la vista es aún más hermosa pero las sacudidas se sienten con mayor intensidad. Otros viajan abajo, en una plataforma que dispone de largos bancos y, en algunos de los camiones, está protegida con unas lonas laterales. El aire llega por todos lados hasta los visitantes mientras entran al lugar; el viento es frío y se siente fuerte el olor a sal del mar. Es el primer contacto con esa atmósfera distinta que tiene el Cabo Polonio.

"Este frío no estaba en los planes", comenta una turista brasileña que ocupa uno de los viajes que llega sobre las 20 horas.

En tanto, en el viaje de vuelta, el de salida, un grupo de adolescentes argentinas repasa entre carcajadas los días en el Cabo, aunque el movimiento del camión no les pasa inadvertido. "Che, cómo se mueve este colectivo", dice una de las turistas.

En enero las visitas se dispararon. El viernes 6 se alcanzó el pico más alto, con 1.995 ingresos, y el martes 10 también hubo fuerte actividad, con un total de 1.929 llegadas contabilizadas a lo largo del día.

La oficina de información turística ubicada en la entrada al balneario recibe más de 150 consultas diarias sobre el lugar. Las preguntas se centran en por qué no se puede entrar con el auto y qué hay para hacer ahí.

Los uruguayos son mayoría entre los visitantes y de cerca siguen los argentinos. También llegan muchos brasileños y hay fuerte presencia de europeos, principalmente ingleses y alemanes que visitan la zona.

La tranquilidad es absoluta en Cabo Polonio. El contacto con la naturaleza se vuelve total, desde el mar y la arena hasta un cielo estrellado que se llega a observar de una forma única y casi incomparable.

UN SUEÑO DESHECHO. Franco Simini llegó hace 35 años al balneario y siete años después ya estaba levantando su casa. Fue llevando los materiales en una mochila y consigo también cargó el anhelo de vivir en un lugar nuevo, de una forma distinta.

"Esto es una ocasión perdida para poner en marcha un nuevo sistema de convivencia", dijo a El País quien fue uno de los primeros foráneos en llegar al lugar y también es un importante profesor de Ingeniería.

"Cabo Polonio es un balneario más; y en el futuro va a ser como Punta del Este", explicó Simini por demás frustrado.

En un principio, él se imaginó que el lugar podía llegar a establecerse como una comuna, con su propias reglas.

"Al decir que es una reserva y que es natural promueven que sea un balneario; si es una reserva entonces que entren 200 personas por día", afirma el poblador que, si bien no vive todo el año en el Cabo, trata de visitarlo en invierno y escapar de las fechas en las que hay mayor presencias de turistas.

Según cuenta, en 1984 había unas 60 casas, mientras que ahora estima que puede haber aproximadamente 1.000.

UNA VISIÓN "CONTENTA". Nelson Pereira tiene 64 años y trabaja en Cabo Polonio desde los 14; es un referente del lugar y dice que ama el balneario. La gente lo conoce como "Contento" y al ver la sonrisa atornillada en su rostro no se precisa explicaciones para su apodo.

Ya en el año 50 su padre empezó a llevar gente desde la ruta hasta el Cabo. "Contento" lo ayudaba desde chico y a los 18 tuvo su primer jeep, con el que comenzó con los traslados de pasajeros de un lado a otro.

Ahora hace unos 17 años que tiene un camión. En la temporada, y a veces durante el año, recorre los siete kilómetros entre el parque nacional y el ingreso y lleva como máximo a 45 personas en su vehículo.

"Yo conocí el Cabo cuando había dos casas", relata Pereira con la cabeza metida en el motor del viejo camión al que le está ajustando las luces.

"No tengo idea qué puede llegar a pasar en el futuro; a nivel de trabajo esto ha favorecido a mucha gente, a mí incluso me reconocen los clientes cuando voy a Montevideo", cuenta, siempre alegre.

"Contento" disfruta del trabajo en la temporada porque se reencuentra con la gente y los amigos. "No puedo dejarlo, es lo mío, es lo que me gusta", relata el veterano chofer.

Las cifras

18 Son los camiones que recorren el camino desde la ruta hasta Cabo Polonio.

150 Es la cantidad de consultas diarias que recibe la oficina turística del Cabo.

Una casa de un ambiente, sin luz, cuesta US$ 5.000 por todo enero

CABO POLONIO | La nación / GDA

La cama, que hace las veces de sillón, está apoyada en el frente de la casa; debajo se extiende una alfombra, con una mesa ratona y tres o cuatro almohadones con fundas animal print y motivos hindúes. Más allá, el pasto bien verde, las rocas, y enseguida el mar, con su agua cristalina. Ahí, echados en el sillón o arrodillados sobre los almohadones, Lola, su hijo Félix y su pareja Santiago comparten unos mates con un bizcochuelo, mientras disfrutan del atardecer. La casa, un monoambiente pintado de blanco, con un ventanal de vidrio con vista a la costa, budas por todos lados y sin luz eléctrica, no estaba publicada en Internet y la consiguieron en octubre a través de un contacto. Por todo enero pagaron US$ 5.000. Dicen que tuvieron suerte: de las que están en la primera línea frente al mar en Cabo Polonio, es una de las más baratas, y lo común es que la gente salga a buscarlas ya en junio.

Sí, en Cabo Polonio. Porque este paraíso natural del departamento de Rocha, cuyos primeros pobladores llegaron por la pesca y la zafra de los lobos marinos y que luego devino en enclave medio hippie, hoy ya armoniza estas facetas con un sector más exclusivo, donde predomina un aire más cool y con algunos avances que lo revolucionaron: desde hace un año y medio ya cuenta con dos antenas de telefonía celular y el Hotel La Perla del Cabo, donde una habitación puede costar US$ 200 la noche, y wi-fi. De todas maneras, el Cabo sigue manteniendo su esencia: en una votación reciente, los pobladores volvieron a decirle que no al tendido eléctrico.

El País Digital
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