Varela se asustaría. Pero es mejor que no vea las cifras actuales de ausentismo y deserción escolar, los episodios de violencia en algunas sedes de Primaria, el deterioro o el saqueo de edificios que albergan la enseñanza pública, el número de adolescentes que no estudian (ni trabajan) o los índices de analfabetismo en ciertas zonas del país, según los está registrando el censo de población, un operativo que comenzó en septiembre y en el cual Uruguay ha confirmado su vocación de campeón mundial, porque es el censo más largo, más demorado e impreciso de la Historia Contemporánea.
Han pasado 135 años desde la aprobación de la ley que habilitó la reforma vareliana de la enseñanza, un período en cuya primera mitad la escuela pública funcionó de manera ejemplar, demostrando que la prédica de José Pedro tenía efecto residual. Luego se abrió el lento declive que ha llevado a la crisis actual y que durante las últimas décadas ha sido causa (y luego también consecuencia) de una parte del empobrecimiento cultural que afecta al país. Esa situación determina precariedades múltiples, pero una de las más afligentes es el nivel de conocimiento del idioma español que tiene la gente joven y el empleo que hace de esa lengua a nivel escrito y oral, un problema que abarca desde la vacilación hasta la penuria.
En un estudio reciente, la Real Academia Española sostiene que los jóvenes utilizan apenas 240 palabras para comunicarse en la vida diaria, cantidad que es la cuarta parte de los vocablos empleados como promedio por la población en general. Acostumbrados a las escalofriantes abreviaturas de los mensajes de texto, a la seca brevedad de los mails, a los sintéticos rudimentos que escriben en las redes sociales y a la jerga cotidiana que usan verbalmente (donde inventan términos para remediar el vocabulario que desconocen), los jóvenes podrán burlarse de las exigencias académicas y sentirse cómodos con el manejo de su pintoresco léxico, pero no saben o no les importa nada que ese balbuceo y aquella burla sean los escudos que esgrime la ignorancia.
Lo peor del caso no es la fealdad en lo verbal o el desastre ortográfico en lo escrito, sino la dificultad para elaborar un pensamiento, transmitir una idea o mantener un debate con esa minúscula batería de 240 vocablos en un idioma como el castellano, que cuenta con 100.000 palabras a disposición del usuario. Al no poder precisar un concepto o comunicar debidamente una opinión, el intercambio entre personas se atrofia hasta borronear la comprensión entre ellas. El notorio auge de los insultos y las agresiones físicas -es decir, el reinado de la violencia que se vive hoy- es uno de los reflejos de esa pérdida de la facultad de hablar o de escribir aceptablemente (es decir de hacerse entender), incapacidad que en muchos enfrentamientos no permite recurrir a las palabras, sino solo a las manos. Al no saber cómo armar una frase, un golpe es el recurso restante para ganar un pleito o imponer un punto de vista. Esa es la modalidad de la gente desentendida del estudio y de la lectura, y ni hablar de la búsqueda de matices, de sinónimos o de hermosuras expresivas que mejoren el discurso.
Así no es fácil saber lo que sienten o lo que piensan los demás, limitación que puede amenazar toda forma de comprensión a escala familiar o social.
Tampoco es fácil procesar o compartir ideas que superen un nivel elemental y ni siquiera es fácil solicitar y obtener la atención del prójimo hacia lo que se dice o se escribe. Ya no se trata de buscar formas de expresión exquisitas, giros elegantes o delicados eufemismos para enriquecer un diálogo o un texto. Se trata sencillamente de dominar las herramientas capaces de permitir una clara enunciación o de descifrar las intenciones de un interlocutor y responder a ellas en los términos adecuados, de modo que esas relaciones humanas tengan sentido, interés y armonía, además de tener fluidez. Pero resulta impenetrable la posibilidad de ponerse de acuerdo sobre eso cuando los congéneres de hoy -los que manejan 240 vocablos- usan mal los verbos y las preposiciones o se atascan ante cualquier palabra que tenga más de tres sílabas.
El duelo de la cultura es tan largo como el censo 2011 (¿o 2012?).