JUAN MARTÍN POSADAS
El Uruguay es un país dividido. Ha pasado a serlo. Hoy hay dos Uruguay. Entre nosotros ha tenido lugar un prolongado y sostenido proceso por el cual el país que había llegado a caracterizarse por su homogeneidad pasó a ser una sociedad dividida. Esta es, quizás, la mayor transformación social que ha tenido lugar en los últimos años. Curiosamente, los investigadores, académicos, pensadores, politólogos y sociólogos poco tienen para decirnos al respecto. El asunto será tema para todo enero.
El Uruguay que se fue gestando a fines del siglo XIX y que se consolidó en la primera mitad del siglo XX (que es el Uruguay en que nacimos los de mi generación) fue estudiado y descrito con acierto por Rama en su conocido libro La Democracia Uruguaya como una sociedad hiperintegrada. La búsqueda del equilibrio fue un Norte para quienes tenían el poder en ese entonces: un Norte alcanzado con éxito. El resultado de las políticas públicas, a partir del fin de las revoluciones saravistas, dio como fruto un país socialmente parejo, una mesocracia. En los hechos fue tomando forma una sociedad de esas características, sustentada y envuelta en una escala de valores que aborrecía de los excesos y premiaba las proximidades; fue llamado lugar de cercanías. Las estadísticas corroboraban el discurso oficial: el Uruguay era efectivamente el país del continente con menores distancias socioeconómicas entre sus miembros. La escuela pública, el club político y el deporte tuvieron mucho que ver en ello.
Pero, más allá del dato estadístico -que siempre puede interpretarse de diversos modos y está abierto a la discusión- lo que sociológicamente es operativo es la percepción de sí misma que una sociedad tiene: los uruguayos nos teníamos por un país de clase media. Había una mentalidad de clase media que era compartida por todos, aún los que desde el punto de vista económico se salían de esa categoría por un extremo o por el otro. Tengamos en cuenta que sociológicamente hablando un país es lo que cree ser, funciona según los parámetros y los comportamientos que corresponden a los consensos implícitos, a la autodefinición aceptada por la generalidad de los ciudadanos.
Pero aquello dejó de ser verdad. Uruguay no es más así; queda algún discurso residual que todavía suena por inercia con aquel acento pero hoy hay dos Uruguay. Cuáles y cómo sean esos dos Uruguay será objeto de posterior análisis. Lo que me interesa en este primer paso es consignar que esos dos Uruguay, lejos de querer parecerse entre sí, como sucedía en el pasado, procuran justamente lo contrario: diferenciarse. Cada una de las dos partes de nuestra sociedad se siente ajena de la otra y pone énfasis en esa diferencia. Es como si cada uno dijera: ¡cuidado, no confundan!
Pero hay algo más: cada parte sostiene, con un convencimiento sincero, que la otra no es el Uruguay, o que, en todo caso, el Uruguay no es eso. Apelo a las vivencias cotidianas del lector.
Algunos episodios recientes han logrado borrar o disimular momentáneamente esa división y han hecho rebrotar un sentir colectivo de unidad nacional espontáneo y auténtico. El caso más claro es la vivencia que tuvimos todos con el desempeño de la celeste en el campeonato de fútbol de Sudáfrica. Sin embargo, ese tipo de experiencia se ha vuelto una excepción. Cuando se da no nos es extraña, la reconocemos como propia, pero suena lejana, como algo de otro tiempo.