JORGE ABBONDANZA
Un escándalo en la cima de las instituciones puede ser la peor añadidura al malestar que sufre España, el del ajuste fiscal, la recesión y los cinco millones de desempleados. Pero eso es lo que ocurrió, como si fuera otro reflejo de los quebrantos del país: un escándalo en plena Familia Real. Ese emblema nacional que es la Corona, había mantenido desde hace 36 años una imagen irreprochable, sostenida no solo por la dignidad personal del Rey sino también por la disciplina ejemplar de la Reina y por su abundante prole (tres hijos, muchos nietos). Todo ello demostraba a los españoles que la monarquía podía ser una honorable alternativa para el Estado moderno y convertirse en algo más que una herencia.
Esos Borbones del siglo XXI eran tan respetados que hasta lograron superar los descuentos que afectaban su llegada al trono: el de haber sido apadrinados por el franquismo y el de haber salteado al conde de Barcelona, padre del actual monarca, en el orden natural de la sucesión dinástica. Todo quedó de lado en beneficio de la estima popular y del prestigio que rodeaban a la familia, de modo que esa gente puesta a prueba por la Restauración, logró recuperar su antigua calidad de símbolo nacional.
Tales ventajas se agrietaron hace tres semanas, cuando cobró notoriedad la malversación de fondos públicos cometida por Iñaki Urdangarin, duque de Palma, esposo de la infanta Cristina y yerno de los reyes. El gallardo deportista que había sido campeón de handball, que había protagonizado una boda cinematográfica y hoy es padre de cuatro de los nietos del monarca, fue denunciado por haber desviado en su provecho unos 16 millones de euros recibidos del gobierno de las Baleares y de la Comunidad Valenciana para organizar congresos sobre Deporte y Cultura. Junto con un socio adulteró facturas que permiten ahora demandarlo como supuesto estafador del fisco. El 23 de febrero deberá declarar.
Ese feo asunto ha sido el gran tema de conversación en bares, oficinas, autobuses, esquinas y reuniones de toda la península, pero se agravó cuando la prensa, en medio de la enorme cobertura que le dedica, hizo saber que el Rey estaba en conocimiento de las irregularidades de su yerno desde hace cinco años y no permitió que trascendieran públicamente, aunque le había impuesto una mudanza al extranjero que Iñaki, Cristina e hijos emprendieron en 2009 hacia la ciudad de Washington. Ahora habrá que ver el efecto que ese descalabro provoca en el futuro de la realeza.