Las generaciones actuales se han formado contemplando cierta imagen del poder político en el mundo. Durante muchos años, ese orden fue bipolar, dominado por Estados Unidos y la Unión Soviética como protagonistas de medio siglo de Guerra Fría, de tirantez ideológica y de temor nuclear. Detrás de ambos gigantes actuaban algunos socios influyentes (Inglaterra y Francia en un caso, China en el otro) a quienes por cortesía diplomática se les mantenía el rango de potencias, que de hecho integraban el aristocrático Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y habían ingresado velozmente al club atómico. Y todavía estaban los grandes derrotados de la Guerra Mundial (Alemania, Japón) cuya recuperación fue meteórica y les permitió compartir el juego de las mayores economías del planeta.
Pero las hojas del almanaque caen rápidamente, como puede comprobarse en este nuevo comienzo de enero. Y con ese mismo ritmo el mundo va cambiando, con lo cual también cambian las figuras que ocupan primeros puestos en el tablero internacional, desmintiendo la aparente estabilidad de los más poderosos. Mientras observaban esa lenta rotación, las generaciones actuales -las más veteranas, es cierto- han visto cómo Inglaterra dejaba de ser la cabeza de un imperio, cómo Alemania se convertía en el primer exportador del orbe, cómo China resoplaba al liberarse del chaleco de fuerza maoísta, cómo la tecnología hacía brillar a Japón. Y la gente más joven ha podido ver cómo la Unión Soviética se desmantelaba silenciosamente, cancelando hace veinte años aquel torneo Este-Oeste.
En un mundo tan sujeto a la globalización del mercado, lo que suele medirse ya no es el peso político ni la calidad institucional, sino el volumen económico de las naciones. Al cálculo de esa riqueza (la del dinero y la productividad) se le dedican tablas comparativas, al tope de las cuales se ubican los colosos. Por el momento, la lista de las diez mayores economías mundiales comprende, en orden descendente, a Estados Unidos, China, Japón, Alemania, Francia, Brasil, Reino Unido, Italia, Rusia y la India. Para tener idea de la magnitud de otras economías -las de habla hispana, por ejemplo- conviene saber que México figura en el sitio 11º, España en el 12º, Venezuela en el 24º, Argentina en el 27º.
Pero actualmente todo se acelera en el proceso mundial y puede resultar tan efímero como los ciclos de opulencia y crisis en Europa. Históricamente, los plazos durante los cuales las potencias conservaban un papel dominante, han ido ido acortándose visiblemente, desde los 500 años de hegemonía del Imperio Romano hasta los 200 del Imperio español y los 100 del Imperio británico. Esa aceleración también precipita cambios (algunos de ellos inesperados o vertiginosos) en el tablero de las economías del mundo, donde van asomando cada día con más relieve y puestos más destacados las naciones emergentes, como si también allí se produjera un recambio generacional. El enfoque eurocentrista con que se contemplaron los acontecimientos históricos durante dos milenios, va abriéndose en este nuevo siglo hacia otros puntos de vista que exigen un facetado mapa del poder y la prosperidad a través de variadas latitudes. Y así, mientras cambia el almanaque de un año por otro, también va cambiando el mundo donde se cuelgan esas fechas.
Por eso la lista que presentará el panorama internacional de las economías para el 2020 (dentro de ocho años, apenas) tiene en los diez primeros lugares -y en este orden- a Estados Unidos, China, Japón, Rusia, India, Brasil, Alemania, Reino Unido, Francia e Italia. No hace falta subrayar que Alemania bajará del sitio 4 al 7, Rusia subirá del 9 al 4, Francia descenderá del 5 al 9, India trepará del 10 al 5, lo cual permite tener idea de esa veloz movilidad y de la fluidez con que la riqueza cambia de platillo en la gran balanza planetaria. En algunos casos, el crecimiento demográfico (India, Brasil) parece funcionar como un motor del desarrollo, aunque en cambio es un lastre para las economías sumergidas. Ya no resulta fácil saber qué ocurrirá en un futuro algo más distante, porque los sustos financieros como el de octubre de 2008 pueden provocar otras sorpresas. Vivimos en un mundo donde la masa de conocimientos de la humanidad se duplicaba cada trescientos años hasta el siglo XVII, mientras que ahora se duplica cada cinco años. Todo puede suceder.