Con la marca de Vázquez

A este gobierno puede imputársele muchas cosas. Demasiadas. Desde la grosera violación a la Constitución de la República al desconocer dos pronunciamientos ciudadanos sobre la Ley de Caducidad, hasta la torpeza sublime con que manejó desde un principio (primero el cierre en plenas vacaciones julias y luego la subasta) el caso Pluna.

Y si se utiliza ese calificativo mínimo que es "torpeza", es por respeto al Poder Judicial donde se están llevando adelante por lo menos dos investigaciones: una por denuncia de la bancada de senadores del Partido Nacional y la otra promovida de oficio por el fiscal del Crimen Organizado, Juan Gómez. Ambas denuncias están radicadas ante el Juzgado en la materia a cargo de la juez Adriana de los Santos.

Pero el cúmulo de errores propios, la ausencia de una eficiente conducción en las políticas públicas (el lector puede elegir entre seguridad, educación, salud, medioambiente, vivienda, obras de infraestructura como carreteras y vías férreas, relaciones exteriores, asistencia social o lo que se le ocurra) no puede hacer perder la perspectiva de que esta administración Mujica es la continuidad de la administración Vázquez.

Las dos son del Frente Amplio y en las dos sus presidentes se han podido mover con mayorías parlamentarias automáticas, plenamente regimentadas (por si quedaba alguna duda, se puede preguntar al diputado Víctor Semproni), donde sus integrantes no son representantes nacionales, sino partidarios. Para ellos, primero está el Partido (la Fuerza, el Plenario, el Conglomerado o como quiera llamársele), luego el país. Y esto viene a cuento porque mientras la imagen del presidente Mujica viene en descenso, la de su antecesor aparece como recién salida del cascarón y en franco ascenso. Eso es por lo menos lo que dicen los politólogos cuando analizan los resultados de las encuestas.

Podrá discutirse el valor que tienen estas consultas a dos años de las próximas elecciones, cuando la gente tiene la cabeza solo en sus problemas inmediatos y no está pensando en qué va a votar en noviembre de 2014. Pero, no dejan de ser datos indiciarios del buen o malhumor que el solo nombre de uno de los implicados produce en el preguntado. Como bien dicen sus responsables, son solo una foto del momento y que puede o no repetirse (allí la cosa cambia, porque aparece la "tendencia"), pero que está sujeta siempre al momento del voto.

Tabaré Vázquez ha crecido con su silencio, una virtud que pocos políticos entienden. Dice solo lo imprescindible para demostrar que existe y tiene ganas de volver. Es un fenómeno similar al que protagonizó el expresidente Julio Sanguinetti para lograr su segundo mandato.

Hasta siete meses antes de las elecciones, las encuestas en forma unánime lo daban como que arrollaba. Pero para hacer campaña electoral tuvo que bajar al llano y pelearla, y allí se vio que era tan humano como sus rivales: en final muy apretado le ganó al candidato blanco Alberto Volonté y muy cerca de ambos llegó en aquel noviembre de 1994 el mismo Tabaré Vázquez.

El debate político baja al candidato del Olimpo, lo obliga a ingresar a la batalla y allí se vuelve vulnerable, mucho más cuando tiene una gestión pasada cargada de errores, que han sido causa directa de lo que hoy se padece.

Porque si hablamos de seguridad, la principal preocupación que hoy tienen los ciudadanos, nadie puede olvidar la administración Vázquez y su política de cárceles abiertas, donde interesaban más los derechos de los presos y los delincuentes, que de aquellos ciudadanos (y sus familias) que estaban libres.

"La seguridad no estaba entre las prioridades del gobierno anterior", confesó hace poco el ministro Bonomi. Vázquez dejó crecer la inseguridad. La situación de la enseñanza se encuentra al borde del abismo empujada por la Ley de Educación de Vázquez (¿se acuerdan del debate y el Congreso Educativo?). Hay una generación perdida por el fracaso de la educación y sus consecuencias son y serán terribles. La salud y su conflicto permanente: el Fonasa, ASSE y la destrucción del sistema mutual. En materia política exterior, lo de Almagro es peor, pero no mucho, al rumbo marcado por Gargano, el canciller de Vázquez. Allí empezó el deterioro.

El desborde sindical, la hermandad hasta hacerse uno solo del FA en el gobierno y la dirección del Pit-Cnt. ¿Cuándo empezó? ¿Quién la prohijó? El asistencialismo sin contrapartidas que generen responsabilidades, entendido solo como clientelismo, ¿dónde tuvo su origen?

Podríamos seguir, pero como muestra alcanza. Está bien de que los uruguayos somos bastante desmemoriados, pero todo tiene un límite. Al fin y al cabo no hace tan poco tiempo que pasó y los efectos de esos horrores solo han crecido con el transcurso de los años y el cambio de personas. Pero la marca -y su paternidad- es la misma.

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