La sociedad se encuentra acosada. Se siente agredida e indefensa por un aumento de los niveles de violencia sin precedentes. Ante esta situación desesperada, ha surgido un enemigo tan confortable como engañoso; la pasta base. ¿Es realmente la pasta base la culpable de los niveles de violencia que vive el país? ¿Hasta qué punto esa obsesión por culpar a una sustancia por problemas que son de naturaleza humana nos hace perder el foco al encarar lo que hoy es la principal preocupación de los uruguayos?
El reciente y repugnante asesinato de una chica de 18 años en Las Piedras es un ejemplo claro del problema. "Por dos cositos de pasta base mataron a mi hija, dos cositos que te lo venden a 40 pesos. ¿Eso vale la vida de mi hija de 18 años?". Sin embargo, la conmovedora declaración del padre de la víctima terminó siendo equivocada. El crimen, resuelto en tiempo récord por la justicia, había sido causado más por un cocktail de marginalidad, celos, y problemas mentales de los asesinos, que por drogas.
Otro caso emblemático ha sido el del asesinato a sangre fría de un trabajador de un local de La Pasiva, el cual quedó registrado en una cámara de seguridad, desatando una ola de indignación social generalizada. La primera respuesta ante un hecho tan inexplicable como doloroso, esbozada por todos, desde el presidente Mujica hasta el último diputado opositor, fue que solo alguien bajo el efecto de las drogas podía cometer un acto así. Sin embargo, la investigación policial terminó demostrando que la "la maldita pasta base", nada tuvo que ver en el asunto. "No compramos drogas". Fuimos a una tienda y nos compramos ropa deportiva y otras cosas", fueron las palabras del asesino de 17 años, cuyo entorno familiar confirmó además que no tenía antecedentes de abuso de drogas.
Estos son sólo dos casos, pero quién se tome el trabajo de analizar un poco más a fondo, comprabará que, sin desconocer sus efectos perversos sobre los consumidores y la sociedad en general, es bastante relativo el impacto de la pasta base en los crímenes truculentos que golpean hoy al país. Como dijo un experto, "es poco probable que un adicto a la pasta base robe o mate con un arma de fuego, porque en caso de tenerla, ya la habría vendido para comprar drogas".
Probablemente el paradigma más claro del efecto negativo que la "demonización" de esta sustancia tiene en el debate político haya sido las palabras de la senadora Lucía Topolansky, quién llegó a acusar al ex presidente Batlle por el hecho de que bajo su gobierno se dio el ingreso de la pasta base al país. Como si eso fuera poco, su esposo, el presidente Mujica, acosado por los reclamos populares y la presión opositora, ha llegado a plantear cosas como habilitar los allanamientos nocturnos, considerar a la pasta base como "veneno" o incluso el disparate de equiparar las penas por tráfico con las de homicidio.
El problema es que todos estos debates estériles, lo único que hacen es alejar la discusión de lo que debería ser su eje central. A una década de su aparición en el país, hay cosas que se conocen bien sobre esta droga. Que su llegada se debió a las políticas represivas en el norte del continente, que su origen es mayoritariamente de Perú, que lejos de los fines lúdicos que pueden estar detrás de otras drogas, sus efectos destructivos la hacen incompatible con la vida social, que por su facilidad de venta y fraccionamiento genera un negocio fácil y rentable para muchas personas. Y, sobre todo, que se ensaña en los sectores socialmente menos privilegiados, ya que pese al tiempo que lleva entre nosotros, no ha "trepado" en la escala social como otras drogas.
Algo nos debería llevar a preguntarnos ¿por qué alguien desprecia tanto su propia vida como para consumir una sustancia que sabe a ciencia cierta que lo va a llevar al desastre?
Más allá de esto, desde el punto de vista oficial, no se debería perder de vista que quien comete delitos son las personas, y no las sustancias. Que las políticas represivas para eliminar el impacto que este flagelo tiene en la sociedad, deberían empezar por asumir eso. Seguir culpando a una cosa inerte por acciones humanas, podrá resultar una actitud tentadora ya que aliviana las culpas de los criminales, de sus familiares, de las autoridades, quienes lucen impotentes ante una sustancia que parece transformar a personas de bien en demonios como por arte de magia. Pero se trata de una postura engañosa, que a la larga hará imposible encontrar soluciones reales al problema de fondo.