La necesaria convivencia

ANÍBAL DURÁN HONTOU

Con cierta dosis de lirismo que no me cuesta dejar en evidencia, abusaré de la paciencia del lector para abordar varios aspectos medulares que hacen a la convivencia entre los ciudadanos. En más de una oportunidad nos hemos referido a lo mismo.

Convencido estoy que el espíritu que debe imperar en el relacionamiento entre la gente, debe estar impregnado de buena fe como paso previo a cualquier vínculo. En el estamento que sea: familia, amigos, vinculación con la sociedad en la actividad que competa.

Esa buena fe previa es la que sin duda, ya sea a la larga o a la corta nos conducirá a buenos dividendos y a útiles consensos .

Y de dicha buena fe, devienen valores que se exponen naturalmente; así, el respeto.

El respeto es por encima de todo una noción moral. El respeto debe considerarse como una contribución forzosa, ininterrumpida y permanente, que los hombres se deben entre sí. Es un tributo inherente a la condición humana. Quien respeta porque lo respetan, evidencia una aptitud para la vida de relación, una capacidad de intercambio civilizado, un espíritu de justicia apoyado en un equilibrio de relaciones.

Quien respeta para que lo respeten, manifiesta una voluntad de diálogo cordial, una posibilidad para dar el primer paso hacia normas de trato correcto. Extrapolemos estos conceptos a la vida en nuestra sociedad, a lo que vemos todos los días ¿qué pensamos de ello?

Esa buena fe debe venir acompañada de tolerancia en la opinión y en la conducta del otro. La tolerancia es una manera de convivir al margen de las ideas que se agiten en el escenario de la convivencia; es una técnica de intercambio humano que deja en pie las posiciones espirituales y las ideologías en juego.

En el plano político o en el vínculo empresarial-sindical, es un profundo error mirar al adversario como a un enemigo; el adversario es un colaborador preocupado en la solución de los mismos problemas desde ángulos diferentes y existiendo buena fe, no debemos renunciar a aquellos. Los adversarios son defensas sociales contra nuestra tendencia al quietismo, son llamados exteriores contra una orgullosa hipertrofia de nuestro yo. Nadie tiene el monopolio de la verdad y este axioma debe bastar para mantener un estado de espíritu humilde, a fin de no lapidar actitudes ajenas por el hecho de discrepar con las nuestras.

Dicho esto nos preguntamos; ¿el sindicalista cree en la buena fe del empresario que tiene como interlocutor y viceversa ? ¿El político oficialista cree en la hombría de bien del político opositor y viceversa? ¿Existe honestidad intelectual en los sindicatos de la enseñanza o buscan un ardid para perpetuarse en el statu quo vigente? Son preguntas que van al meollo de la cosa y que de sus respuestas depende el hilo conductor de los acontecimientos futuros.

Sin duda la armonía colectiva, integrante esencial de la convivencia, no es una circunstancia fácil en el tinglado de las relaciones humanas; es una etapa del proceso laborioso de los pueblos hacia el mejoramiento de sus destinos ; una etapa que puede aparecer lejana y empinada, pero cierta, que llegará cuando a fuerza de cansancio haya encanecido la hora de los rencores, cuando a fuerza de superarse en la pugna por vencer lo que se reputa oponente, unos y otros, perfeccionen sistemas de relación humana que traduzcan fórmulas de vitalidad social y trato cordial.

La realidad nos muestra muchas veces, espíritus enconados, voces enardecidas y conatos latentes. Y contra esas actitudes que nada tienen que ver con el fondo del problema que se esté tratando, hay que rebelarse; surgirá o no el acuerdo, pero tengamos una actitud de consideración hacia el otro. Es necesario aventar el odio (odio que se ausculta y percibe en la sociedad). El odio es muestra de debilidad, es un sentimiento que lleva a la extinción de los valores (buenos valores). Aportemos humildad que coloca al hombre en permanente alerta frente a si mismo, lo incita a una constante introversión, lo convierte en objeto de su propia facultad de crítica.

Me aferro a la esperanza de que las cosas cambiarán; me aferro a la idea de que los hombres necesariamente debemos entendernos y con espíritu altruista elaborar una suerte de agenda común.

Finalmente; dice Montaigne sobre la franqueza: "La franqueza propia invita a la franqueza recíproca y hace posible los descubrimientos". Esta es la franqueza del corazón, que le da al otro acceso al propio ser y a uno mismo, acceso al ser del otro: sin duda, sin esas reciprocidades la vida valdría bien poco.

Ojalá como sociedad, nos acerquemos a dicho grado de franqueza, contribuiría -y mucho- a que fuésemos mejores personas.

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