JORGE ABBONDANZA
A los periodistas les gusta que llegue fin de año, porque es la hora de resúmenes y balances donde figura lo mejor y lo peor de la temporada. Ese inventario permite recopilar en este momento algunos datos que ya parecen remotos (primavera árabe, escándalo Strauss-Kahn, indignados en Madrid, terremoto en Japón) junto a premios que provocan curiosidad universal (el Nobel, el Oscar), vaivenes de la crisis financiera internacional, avances científicos que mejoran el panorama y cifras capaces de sacudir al lector (los millones de analfabetos y las otras masas de muy ricos y muy pobres que pueblan el mundo). Todo eso cabe en las listas que sintetizan lo que pasó en 2011, ahora que esos doce meses ya se caen del almanaque.
El sábado 10 ocurrió algo que merece figurar en un balance anual. En Noruega anunciaron el Premio Nobel de la Paz, distinción que suele recaer en quienes luchan por mejorar la suerte de la humanidad. En este caso se otorgó a tres mujeres -dos liberianas y una yemenita- porque representan "una de las más importantes fuerzas motoras del cambio en el mundo de hoy, la lucha por los derechos humanos en general y la lucha de las mujeres por la igualdad y la paz, en particular", agregándose que esas tres galardonadas "dan sentido al proverbio chino según el cual las mujeres sostienen la mitad del cielo".
Una de las premiadas es Ellen Johnson Sirleaf, actual presidenta de Liberia, otra es su compatriota Leymah Gbowee y la tercera es Tawakkol Karman, periodista de Yemen que ha tenido actuación protagónica en el alzamiento popular contra la dictadura de su país. El trío pertenece a una región del mundo azotada por feroces guerras civiles y demuestra el heroísmo con que estas mujeres combaten la violencia y la intolerancia que martirizan a sus respectivos países. Pero el Nobel de la Paz también sirve en el caso para afianzar la presencia femenina en un escenario mundial que a veces las discrimina y otras veces las esclaviza, aunque pueden resurgir con el gesto desafiante de las tres consagradas.
Porque el mundo de hoy puede lucir a unas cuantas mujeres como jefas de Estado o de gobierno y a muchas otras que han batallado victoriosamente para conquistar la igualdad de su género en una sociedad. Pero también es un mundo donde muchos países islámicos condenan a la mujer a vivir tapada y sin derechos en una condición subordinada, mientras se sigue sometiendo a 90 millones de ellas a la ablación del clítoris, una mutilación tradicional que no ha podido derrotarse. Queda un largo camino por delante para la lucha por la libertad que libran las ganadoras del Nobel, cuya imagen debe figurar al frente de una gran columna de otras combatientes.