Pasaron 20 años del fin de la URSS

JORGE ABBONDANZA

Solamente los viejos recuerdan en este mes de diciembre los veinte años de la desintegración de la Unión Soviética. Aquel gigante murió en silencio, sin balazos ni tumultos, después de siete décadas en que su dictadura del proletariado desafió al mundo. Solo la caída del Muro de Berlín había anunciado (noviembre de 1989) esa agonía del coloso, que desde la Revolución bolchevique hasta la perestroika de Gorbachov aplicó en los hechos el socialismo real del partido único y la economía planificada, donde el fervor ideológico de los comunistas se codeó con la intolerancia política, no solo bajo el terror stalinista. Ni antes ni después el capitalismo enfrentó una provocación como esa, que sin embargo desapareció en diciembre de 1991 convirtiéndose en el derrumbe más inesperado de la historia contemporánea.

El marxismo de la URSS funcionó como una religión con mártires pero sin dioses, un centro de culto tan poderoso que catequizó a la feligresía internacional agitando una bandera (la alianza entre obreros, campesinos y soldados) y después otra (la lucha contra el fascismo), en medio de la construcción de un proyecto que los primeros revolucionarios diseñaron como una sociedad sin clases, poblada por un hombre nuevo que dejaría atrás la explotación y los desniveles de fortuna. Ese sueño inicial se convirtió en una ilusión cada día más desmentida por el férreo totalitarismo, por las masacres de la colectivización del agro y las purgas de los años 30, empeñadas en purificar la doctrina. A través de sus servicios secretos fue una variante atea del Santo Oficio, 400 años después de las hogueras inquisitoriales.

La enloquecedora burocracia y el desgaste del régimen terminaron por aplastar a un organismo que ya estaba fosilizándose. Como jefa de la manada, la URSS cayó acompañada por todo su rebaño (los seis países de Europa oriental) donde el sistema se desarticuló velozmente. Junto con ella se borró toda una galería de mitos que la letanía propagandística mantenía vivos, las estatuas de Lenin fueron abatidas y las fronteras se abrieron. Mucha gente sintió que respiraba mejor luego del cambio, aunque no la casta dirigente que había sobrevivido bajo el nepotismo, el miedo y el soborno que rondaban el gobierno.

Para las generaciones nacidas en el mundo antes de 1970, la URSS fue una presencia decisiva en el juego del poder y uno de los ejes mayores del equilibrio planetario, al extremo de que resultaba inconcebible un futuro sin ella. Pero hace veinte años se produjo la implosión que obligó a modificar los planisferios, demostrando que lo inusitado también puede ocurrir a escala internacional. Para los jóvenes de hoy, la esfera soviética, su mentalidad y sus normas de vida son simplemente datos del pasado junto con el telégrafo, el avión a hélice y el pasadiscos.

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