JORGE ABBONDANZA
Los escándalos han sido un bueno negocio para el cine, que atrapa la atención del espectador con la ejecución de Mata Hari o la corrupción de Nixon. Otro revuelo en torno a un personaje famoso, es el tema de un film que acaba de rodarse.
Esa producción se llama La banda de Picasso y alude a hechos reales vinculados con el célebre pintor malagueño. Cronológicamente, la historia comienza en el París de 1907, cuando el belga Joseph Géry Pieret roba dos estatuillas de origen ibérico que se exhibían en el Museo del Louvre. El ladrón se las ofrece al poeta Guillaume Apollinaire, que finalmente se las vende a su amigo Pablo Picasso en 50 francos. Conviene saber que a esa altura Picasso llevaba solamente tres años de residencia en París, ya tenía notoriedad como artista y probablemente ignoraba la procedencia de las estatuillas -de la que se enteró más tarde- ya que figurar como reducidor podía costarle la deportación. Ese riesgo surgiría de todos modos en 1911.
Porque en agosto de ese año, la enorme cobertura periodística que tuvo el robo de La Gioconda mencionaba la sospecha policial de que una banda internacional de ladrones de arte se encontrara detrás del hecho, ante lo cual Picasso se asustó y sugirió la posibilidad de arrojar las estatuillas al Sena, aunque Apollinaire terminó encargándose de venderlas en el mercado negro. Pero fue descubierto en esa transacción, lo arrestaron y Picasso debió enfrentar un interrogatorio policial sobre su relación con el poeta, instancia en la cual negó conocerlo a pesar del careo al que fueron sometidos. De manera poco honorable y nada veraz, el pintor se salvó de ese aprieto, con lo cual todo el episodio podría haber sido olvidado, si no fuera por dos hechos muy posteriores que lo mencionaron.
El primero de esos hechos ocurrió en 1933, cuando la francesa Fernande Olivier -que en 1907 había sido modelo y amante de Picasso- recordó el caso en su libro de memorias, donde el nombre del pintor figura en el título (Los amigos de Picasso) y también en torno a la mentira que dijo ante las autoridades. El segundo hecho se ubica en los últimos años de vida de Picasso (1881-1973), en que por fin habló sobre aquellos entretelones policiales, reconociendo incluso que se había inspirado en detalles anatómicos del par de figuritas robadas para pintar por ejemplo las orejas de las mujeres que aparecen en Les demoiselles d`Avignon, una obra pintada justamente en 1907, que no retrata a muchachas de esa ciudad francesa sino a pupilas del prostíbulo barcelonés que llevaba ese nombre.
LA PELÍCULA. El viejo incidente que pudo haber terminado con el pintor en la cárcel, es el tema de La banda de Picasso, el film que el realizador español Fernando Colomo está terminando de rodar en Budapest, donde se recrea el París de hace cien años. Por esa película desfila todo el grupo, desde el malagueño hasta el belga, el poeta y la modelo. El nombre de Picasso es un gran imán para atraer multitudes, porque se trata del artista plástico más influyente, más discutido, más aclamado y más famoso del siglo, cuya obra supo navegar por el oleaje de casi todas las tendencias visuales de su época, haciendo escalas en el cubismo, el surrealismo y el expresionismo a través de la pintura, la escultura, el dibujo, el grabado y la cerámica que frecuentó en una producción torrencial.
Como buen andaluz, Picasso era un hombre astuto que incursionó en innovaciones de lenguaje donde le habían ganado de mano otros pintores, como Juan Gris o Georges Braque. Lo que sucede es que él alcanzó resultados más espectaculares y por lo tanto ha quedado para la posteridad como el iniciador de esos movimientos. Es lo que ocurre cuando una luminaria se apropia de una idea que ya habían utilizado otros, como Chaplin cuando adoptó la indumentaria del vagabundo en que lo había precedido algún otro integrante de la troupe de variedades de Fred Karno, o como Greta Garbo cuando impuso el maquillaje de máscara que le había copiado a su colega Asta Nielssen. Lo que en definitiva perdura no es el hecho de haber sido el primero, sino la irradiación de una personalidad que convierte un rasgo de estilo en un sello imperecedero de alcance mundial. Por algo Chaplin, Garbo y Picasso figuran como una trinidad laica del siglo XX que ya nadie puede desbancar, ni siquiera una película indiscreta como la de Fernando Colomo.
Director realmente prolífico
Fernando Colomo (Ma-drid, 1946) nació con el cine en la sangre. A los 16 años había realizado ya su primer corto en Super 8, luego se licenció en Arquitectura, y finalmente se inscribió en la Escuela Oficial de Cine de su ciudad natal. Saltó al largo en 1977 con Tigres de papel, y desde entonces no ha parado, realizando numerosos trabajos para el cine y la televisión, con una preferencia (aunque no exclusiva) por la comedia. La ironía, el humor y cierta dosis de cinismo han sido rasgos reiterados en su cine, desde Alegre ma non troppo (1994) a Cuarteto de La Habana (1999) y Al sur de Granada (2003).