Misión imposible: protocolo fantasma
ficha
Estados Unidos 2011. Título original: Mission: Impossible - Ghost Protocol. Dirección: Brad Bird. Guión: Josh Appelbaun, André Nemec. Fotografía: Robert Elswit. Música: Michael Giacchino. Producción: J.J. Abrams, Bryan Burk, Tom Cruise. Intérpretes: Tom Cruise, Jeremy Renner, Simon Pegg, Paula Patton, Michael Nyqvist.
Hay que reconocer que esta vez lo lograron. Tras una digna primera entrega (comprometida empero por problemas de producción) a cargo de Brian De Palma, un competente film de acción visualmente inventivo (al fin y al cabo quien estaba tras la cámara era John Woo) pero sin mucho para contar, y una correcta pero "ya la vimos" tercera parte, el director Brad Bird se las ha arreglado para redondear la mejor Misión imposible hasta la fecha.
Y la clave puede estar justamente en la palabra "imposible". Uno puede casi percibir el placer con que los guionistas Appelbaun y Nemec debieron sentarse ante el teclado, discutiendo cada escena y tomando notas para que cada cosa que pasara fuera un "más difícil todavía". Con una dosis de humor, los propios personajes actúan conscientemente en función de ello. Tras una azarosa fuga de una prisión moscovita, el protagonista Ethan Hunt (Tom Cruise) recibe indicaciones para su siguiente operativo: "Tiene exactamente cuatro horas y cincuenta y dos minutos para infiltrar el Kremlin". En la escena siguiente, uno de sus compañeros, el experto en computadoras (Simon Pegg), reacciona ante la noticias: "Ey, durante un momento creí que habías dicho el Kremlin". Co- mo se lo explicara Anthony Hopkins a Cruise en la entrega dirigida por Woo cuando éste se quejara porque algo era difícil: "Esto no es Misión Difícil, señor Hunt. Esto es Misión Imposible. Lo difícil se hace sin discutir".
En efecto: una película en la que hay que infiltrar el Kremlin en la primera media hora tiene que plantear desafíos mayores luego, y el ingenio para crearlos es justamente el primer mérito de esta Misión imposible: protocolo fantasma. De hecho, el protocolo del título es la primera complicación adicional: por razones que se explican bastante pronto, el equipo Misión Imposible es oficialmente disuelto en los tramos iniciales del film, y sus únicos cuatro integrantes de ese momento deben arreglárselas por su cuenta, sin apoyo externo y sin más equipo que del que disponen en el vagón de tren que han conservado. Literalmente, se trata de que cuatro personas, abandonadas a su propia suerte, enfrenten una conspiración internacional, eviten una guerra nuclear y salven al mundo.
Los episodios puntuales inventados por el director Bird y sus libretistas se orientan en la misma dirección. Implican desde trepar por la pared externa de un edificio de más de cien pisos en Dubai sin otra herramienta que un guante adherente (el otro falla apenas iniciado el movimiento) hasta obtener los códigos de disparo de un misil con ojiva nuclear para desactivarlo antes de que provoque una catástrofe de dimensiones apocalípticas. Y hay gente que vuela por ventanas a decenas de metros de altura y es detenida por una mano providencial, o decisiones tomadas sobre la marcha que implican acrobacias y saltos mortales en el interior de un automóvil.
Los primeros en saber que todo es un disparate son los responsables del film, pero tienen el suficiente sentido del humor y una más que notoria noción de tiempo para que ello no importe. El espíritu que recorre el asunto es, en definitiva, el de las viejas seriales de aventuras en episodios de los años diez y veinte del siglo pasado, la versión "tercer milenio" de Los peligros de Paulina, de Louis Gasnier y con Pearl White.
El director Bird había mostrado un costado de poeta melancólico en Ratatouille (2007), pero antes había dado a entender claramente que le gustaba el cine de acción en otros dos excelente films animados (El gigante de hierro, 1999; Los increíbles, 2004). En su salto al cine con actores reitera esa misma preferencia, logrando que cada secuencia de acción se encadene con la anterior sin solución de continuidad, y que todas ellas aparezcan coreografiadas con un sentido del movimiento que hasta John Woo hubiera envidiado. De más está decir que el realismo contempla el asunto desde diez cuadras de distancia y no tiene la menor intención de acercarse, pero a quién le importa. Los entretenimientos inteligentes son raros, y éste es uno de ellos.