Ricardo Reilly Salaverri
Hace unos días, con motivo de un fin de semana largo en Argentina, recibimos turistas. Hubo un comentario que trascendió a los medios de comunicación, de allá y de acá, que aludía a los altos precios de bares y restoranes en nuestro país. Todo ello con particular referencia a Punta del Este.
Más allá de los números concretos, es una realidad que la comida fuera del hogar es en nuestro país actualmente cara en relación con precios internacionales. Hace unos días un amigo, llegado al país, que vive en Nueva York me expresaba su sorpresa por este aspecto y por otro que linda con lo increíble: el precio de comprar un auto. Tienen los autos tantas cargas e impuestos que el costo de su adquisición no se parece a nada en relación con estados europeos o con los Estados Unidos de América.
Estos datos de la realidad constatables por lo demás mediante una rápida consulta vía internet, son un aspecto de las cosas. No obstante, hay otro que es al que queremos aludir. El esfuerzo grave que implica mantener en funcionamiento a los servicios privados de atención al turismo, particularmente a los que están relacionados con la temporada de verano. Para tomar posición lo primero a considerar es que nuestra temporada es muy corta y que cada día se vuelve más corta. Eso hace que los resultados a obtener por el empresario se acotan en el tiempo y que se parte de costos iniciales altos, que hacen a los arrendamientos de locales, los gastos en general, los impuestos, los costos laborales y las cargas sociales.
Hubo tiempos ya lejanos en los que venían familias enteras a -como se decía- "pasar la temporada". Hoy tal situación no se da por muchas razones. Entre otras porque la vida en todas partes se ha complicado y ya no se puede disponer de tiempo ocioso ilimitadamente. Ahora es frecuente incluso que la gente que viene a alquilar casas o apartamentos lo haga solo por unos días.
A lo expresado, desde el punto de vista empresarial, se suma el peso del Estado y sus intervenciones de contralor omnipresentes, con multas y sanciones. En un marco en el que involuntariamente incluso son tantas las regulaciones a respetar que muchas veces se incurre en infracciones desconociendo su existencia. Estas líneas, que están dirigidas a quienes con su capacidad de emprendimiento sostienen la actividad turística, que es una exportación invisible de bienes y trabajo que favorece a todo el país, quieren también ser expresión de la conveniencia de que existan más políticas activas en beneficio de las actividades mencionadas. Cuando todos los días escuchamos decir que hay que bregar por que se tenga un turismo de todo el año.
Los conceptos vertidos tienen relación con una materia a la que quien suscribe conoció hasta hace unos años por el quehacer familiar, pero son la muestra de opinión recabada actualmente entre mucha gente amiga, profesionalmente vinculada a estos menesteres, que se siente abandonada y destratada, en el marco de una situación que no toma en cuenta la tarea encomiable y de difícil realización que voluntariamente han asumido. Y que, les impone cada vez más, un esfuerzo denodado en plazos más cortos.
Vaya todo dicho -además- cuando un nuevo verano inicia su marcha. Sobre todo si continuamos con el sistema de castigar a los turistas de entrada, sometiéndolos a colas interminables, simplemente para entrar al país.