La caída es total

Que la pérdida de valores que supo cultivar, que el deterioro del prestigio y respeto que antes logró ganar en el mundo entero una sociedad como la nuestra, encuentren la triste prueba del nueve en el comportamiento -no en su pensamiento, ideología ni aun de su gestión- de quien debería ser el principal entre sus pares, es doloroso para todos, los que lo votaron y los que no. Pero es una dura realidad y parece imposible de revertir.

La conducta que José Mujica exhibe aquí en forma permanente y ahora también en el exterior, en donde no parece comprender que representa un país, es cada vez más cuestionable. Revela una falta de respeto a la investidura que le otorgó el Soberano, a la que ya no se le puede concebir como ajena a la intención de agraviar a quienes no piensan como él, que ya por lejos superan al medio país. Y lo está consiguiendo, al punto que si le interesara saberlo, asesorándose por lo menos, se informaría del profundo deterioro de su crédito personal o "índice de popularidad" si se prefiere. La caída no es ajena al rechazo que progresivamente supo ganarse con su lenguaje, que con benevolencia puede calificarse de lunfardo, y no de buena calidad. Ello sin perjuicio, claro está, de la facha inadecuada a su rango. Esto, que a la gente en un primer momento no parecía importarle, terminó ahora pesando negativamente, en parte por hartazgo y en parte enmarcado dentro del cúmulo de errores y de faltas de tino en que cayó como gobernante, al presentarse a diario con iniciativas elaboradas según el estado de ánimo con que se despierta cada día.

El año que termina no ha sido favorable a la relación de Mujica con sus acólitos, con aquellos que supo ser idílica y porque no solo no interesaba su imagen exterior sino que al contrario, seducía con ella contando con el acompañamiento de ese estilo que eligió para caracterizarse. La confianza de los empresarios ya la ha perdido, y las encuestas lo encuentran en pronunciada baja.

Pero lo que hay que reconocerle a Mujica, y no como mérito precisamente, es la versatilidad de sus recursos para llamar la atención. Nos referimos a la última ocurrencia, la de presentarse en una reunión de Jefes de Estado en Caracas, con una campera de uniforme del Ejército venezolano. No es necesario explicar por qué con esa actitud lastimó sin ninguna necesidad a nuestras Instituciones, principalmente al prestigio del Ejército uruguayo que lo tiene como su Comandante en Jefe. Y que llama la atención que no se haya presentado una protesta formal, o ni siquiera corra un rumor o algún trascendido del malestar que tiene que haber causado.

Hay cosas con las que no se juega, entre ellas, el honor de las Fuerzas Armadas, lo cual siempre entendimos que no era un concepto elástico, sino de interpretación estricta.

Pero no va a pasar nada, cuando lo que ocurrió daba para mucho más que la indiferencia del hecho incluso a nivel político, con la loable excepción del Partido Nacional que demostró con su comunicado, la correcta ubicación y la magnitud de la transgresión presidencial: ante ello, resulta inadmisible el reclamo del Secretario de la Presidencia de no hacer política con el episodio, invocando la inexistencia de "normas protocolares" que le impidieran al Presidente disfrazarse cuando el reproche se justificaba por sí mismo en el campo del sentido común, que es más importante que el del protocolo.

Adviértase además que a pocos días que el expresidente Tabaré Vázquez comentara en público su pedido de apoyo a Estados Unidos para el caso que el gobierno de Kirchner atacara al país, el Presidente actual aparece arropado con prendas oficiales del Ejército de Venezuela, cuyo gobierno no mantiene precisamente buenas relaciones Washington. Entonces la gran pregunta debería trasladársele al frentista de a pie para saber qué piensa, qué opina, con quién está de acuerdo, si con la buena relación de Vázquez con Bush o la de Mujica con Chávez…

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