JORGE ABBONDANZA
Las compañías de seguros están pasando un mal rato en Inglaterra porque se duplicaron las denuncias sobre accidentes automovilísticos. El fenómeno es consecuencia de la crisis económica, ya que la mitad de las denuncias son fraudulentas y responden a la necesidad de dinero que tienen muchos desempleados. En esa misma Inglaterra que amaba a sus animales domésticos, crece dramáticamente el número de mascotas abandonadas ya que no pueden alimentarlas (1.027 en el año 2010, 1.530 en lo que va de 2011), según registros de las protectoras. Eso ocurre mientras las ciudades inglesas son recorridas por enormes marchas populares en protesta contra el plan de ajustes del gobierno.
A Italia no le va mejor, sino peor. Las asociaciones católicas que mantienen ollas populares para dar una comida a los más pobres, declaran que la concurrencia a sus comedores se ha duplicado últimamente, mientras miles de parejas jóvenes abandonan sus domicilios para volver a vivir con sus padres, al no poder pagar el alquiler. Es que un millón de jóvenes italianos ha perdido su empleo en los últimos cuatro años, lo cual explica que en Roma, Nápoles y Génova se multipliquen las ocupaciones de edificios deshabitados, como refugio contra la intemperie. El cuadro se agrava por el peso social de millones de inmigrantes (rumanos, albaneses, africanos) que también quedan sin trabajo.
En Grecia se expanden los grupos de resistencia contra el aumento galopante de las tarifas públicas, como la organización llamada "No Pago" que invita por Internet a no abonar la luz eléctrica, soportar el corte del servicio y engancharse clandestinamente a la red de cables, mientras en las plazas de Atenas surgen los fines de semana puestos callejeros que ofrecen trueques entre distintos productos de uso familiar, para gente que ya no dispone de dinero. Ese dinero es el euro, una moneda de la que estaba muy ufana la Unión Europea y que hoy tambalea bajo el peso de la deuda de unos cuantos países que la emplean.
Por eso en España está volviendo a manejarse la vieja peseta, que algunos sacan del cajón porque ya no tienen euros para pagar a sus proveedores.
Los comerciantes aceptan las pesetas y luego las cambian en el Banco de España, que sigue admitiendo esa operación. Pero en Madrid proliferan además las nuevas casas para empeñar alhajas y otros valores, mientras también aparecen mercadillos en los alrededores de la ciudad para el trueque de mercaderías. Lo más grave, empero, es que los bancos y agentes financieros están calculando lo que podrá suceder si se hunde el euro. Hace unos meses ese pronóstico era una pesadilla, pero ahora es una posibilidad.