EMILIO CAZALÁ
La Administración Nacional de Puertos (ANP) tiene 250 mil adoquines en venta, son parte de los millones que pavimentaron el piso portuario desde su construcción en 1909 y se levantaron del puerto en los años 90 para instalar las nuevas redes eléctricas subterráneas de mayor potencia, los desagües sanitarios, las correderas de aguas, las torres lumínicas y demolición de los depósitos en cuya oportunidad los viejos adoquines se sustituyeron por nuevas y modernas piezas de hormigón autotrabantes, proyecto que comenzó en el muelle de escalas y se extendió a todo el puerto.
HISTORIA. Suponemos que al principio todo eran horribles caminos o senderos de barro, verdaderos lodazales intransitables luego de las lluvias. Más tarde vino el tiempo de las piedras rústicas, casi sin formas, pero al menos funcionales en lugares selectos, y, finalmente, cuando las villas pasaron a ser ciudades, al menos en nuestra pequeña Montevideo, sus principales calles fueron cubiertas con adoquines de lujo desde principios de siglo pasado. Este adelanto fue común en todo el mundo, especialmente en Londres sobre cuyas calles del siglo pasado, perfectamente empedradas, hemos imaginado deslizarse el carruaje de Sherlock Holmes, apurando su carrera al encuentro de un nuevo y misterioso homicidio con el mayor confort para el coche, ocupantes y para el lustroso equino. Al menos así lo ha mostrado el cine. En Montevideo los adoquines, un verdadero producto de la artesanía de una época, trajo también confort a nuestras calles; bien es cierto que había calles tan perfectamente adoquinadas que cuando los neumáticos de un auto se deslizaban sobre ellos sólo se percibía un agradable ronroneo de los neumáticos. Los últimos, bien imperfectos y desalineados los vimos sobre la calle Paysandú, entre Rondeau y Cuareim que prácticamente desarmaban la suspensión de los autos. Pero los adoquines en Montevideo a principios del siglo XX tenían ya los días contados, pues a un elevadísimo costo el gobierno nacional comenzó un ambicioso programa de pavimentación que llegaría a los aledaños de la ciudad por 1927 y que sería divulgado por la prensa y los ámbitos políticos como la "pavimentomanía", algo así como un gasto comunal innecesario. Pero lo cierto es que fue gracias a este esfuerzo que Montevideo presentaría un nuevo "look" por sus calles hormigonadas, transformándola en una ciudad moderna, cuyos beneficios serían disfrutados por millares de automovilistas luego de la Segunda Guerra Mundial cuando comenzó a producirse el arribo de los cero kilómetro, por millares, especialmente europeos. Vinieron los Ford, los Chevrolet, los Buick, los Studebaker y los Chrysler, pero tambien los Fiat, Austin, Hillman, Opel, Jaguar, Morris, MG, etc.
A principios del siglo XX el segundo mayor consumidor de adoquines, luego del municipio, fue el puerto de Montevideo. Todo el área portuaria había sido cubierta con estos pesados bloques de granito, los que, perfectamente alineados, daban una superficie muy pareja pero que exigían una técnica muy compleja para su instalación. Desde la inuguración del puerto en 1909, millares de carros de dos y cuatro ruedas con sus caballos fueron los cotidianos actores de la actividad portuaria, a los que seguramente por 1912 se sumaron los viejos y grandes camiones con ruedas de goma maciza, que sin duda deben haber contribuido a su pulimento pero también a su deterioro. Esto funcionó por años hasta que después de los `80 comenzaron a llegar al puerto los nuevos equipos elevadores de contenedores que, con su enorme peso (algunos de ellos de más de 12 toneladas) sumadas al peso del contenedor, contribuyeron a terminar de estropear el viejo piso de adoquines transformándose en un verdadero peligro para estas sofisticadas máquinas. La situación se agravó aún más cuando comenzaron a llegar los costosos y avanzados equipos Bellotti y otros para manejar contenedores, y tuvieron que actuar sobre un piso desnivelado que ocasionaba desperfectos a dichas máquinas y también a las otras, así que se tuvo que construir una senda de hormigón a lo largo del recinto portuario. Pero a partir de aquí se comenzaron a sustituir los viejos adoquines por los nuevos y modernos bloques de hormigón autotrabantes para proteger el funcionamiento de las delicadas máquinas hidráulicas elevadoras. Con estas mismas piezas se había armado ya el piso de la nueva terminal de contenedores por los años 80.
ORNAMENTALES. En los años 90 el principal comprador de adoquines fue el municipio de Montevideo que adquirió algo así como un millón y medio de piezas a 0.50 centavos de dólar cada uno. Pero también se exportaron incluso para España y es obvio que estos bloques cúbicos de granito son ideales para reconstruir escenarios del pasado, levantar paredes para armar ámbitos adornados con maderas lustradas, glorietas, caminitos y hasta calles interiores en estancias. Con un peso por unidad de unos 6 quilos, los adoquines tienen múltiples aplicaciones y son muy funcionales y ornamentales, depende de la imaginación de cada uno. Ahora a la ANP le quedan sólo 250 mil unidades. No sabemos el destino de aquellos adoquines que fueron levantados de la rambla 25 de Agosto propiedad de la Intendencia Municipal de Montevideo y que por largo tiempo estuvieron apilados exactamente a las puertas del edificio del organismo portuario.