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Francisco Faig
El Frente Amplio es un conglomerado de partidos con unidad de acción. Presenta múltiples opciones con diversos matices ideológicos. Sin embargo, hay una en particular que es muy relevante a la hora de la verdad electoral. Se la conoce como izquierda moderada, por oposición al PC, al MPP y a los numerosos grupos de ideología más radical del Frente Amplio; se refleja, en casi su totalidad de expresiones, en el sector Frente Líber Seregni; y, como talante, se lo puede sintetizar en la expresión astorismo.
El astorismo es más que Asamblea Uruguay. Nuclea una suerte de sensibilidad socialdemócrata que valora el disenso razonable en democracia; que se afilia a cierta exigencia de calidad en la implementación de políticas públicas; que es consciente de la esclerosis ideológica del alma militante sesentista del Frente Amplio; que reconoce con pragmatismo que el ejercicio del poder enseña que hay una fuerte limitación en las opciones posibles desde el gobierno. Estima, por tanto, que no son tantas las diferencias entre administraciones de izquierda o de derecha. Cree, en realidad, en matices y acentos de políticas distintas, pero en el marco siempre aceptado de una democracia representativa con sistema de economía capitalista y funcionamiento de cierto Estado de bienestar.
El problema con el astorismo es que hace años que perdió la batalla interna. El Frente Amplio responde, y cada vez más, a otro tipo de lógica. Su militancia no acepta la preeminencia de la democracia representativa; sus partidos electoralmente mayoritarios no se convencen de las virtudes de la economía de mercado; su discurso e identidad asumen que el Estado ha de ser un demiurgo social todopoderoso.
Sin embargo, lejos de romper con esta izquierda mayoritaria, el astorismo se mantiene incólume. Legitima así todos los desmanes que se multiplican en tiempos de gobierno frenteamplista: desde la anulación con retroactividad de la ley de caducidad, hasta las ocupaciones sindicales -en el campo y en la ciudad-, pasando por las privatizaciones de hecho, el clientelismo exacerbado, la reivindicación corporativa, la formidable inepcia en salud pública o en gestión municipal, las incertidumbres en economía o los disparates de cancillería.
Claro está, para salvar su buena consciencia pequeñoburguesa progresista, urbana, ponderada, casi siempre universitaria, muchas veces analítica, de diagnósticos compartibles, se distingue del resto de la izquierda por su melifluo tono acuerdista que dispara dardos contra los excesos radicales. Eso sí: no dejará de votar una sola de las iniciativas del Frente Amplio. Porque para el astorismo, moderado y componedor, lo más importante será, siempre, la unidad de la izquierda.
El daño que hace el astorismo al país es pues inconmensurable. Porque sobre su remilgado estilo cabalgan los hunos del izquierdismo sesentista, quienes desde el sindicalismo y las bases militantes la emprenden contra nuestra democracia liberal y representativa.
Y el astorismo está allí, con su mano de yeso, para sumarse a esa barbarie.










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