Luciano Álvarez
Los enigmas que esconde la vida del desgraciado Enrique IV, de Castilla, "El impotente", desvelan aún a los historiadores. En la segunda mitad del siglo XV Castilla se afirmaba como el reino más poderoso de la Península Ibérica y si Enrique IV hubiera triunfado en su propósito de integrar su reino con el de Portugal, el destino de la aventura atlántica que se iniciaba por aquellos días, habría cambiado el curso de la Historia.
Mil cuatrocientos sesenta y dos fue probablemente el año más fasto para el monarca de 37 años. La economía castellana era próspera, las alianzas matrimoniales le eran favorables, se le reconoció como protector de Navarra, lo proclamaron rey los catalanes sublevados contra el suyo; Nápoles, Roma, Génova y Venecia enviaron embajadas pidiendo su apoyo. Al mismo tiempo emprendió nuevas guerras de reconquista que le otorgan indulgencias de cruzada y el subsidio de la Iglesia. Todas estas cosas de tan alta prosperidad serían grande honra -cuenta un cronista- si pudiera detener en ese punto la rueda de la fortuna y la deslealtad no le fuera contraria.
El 28 de febrero de aquel año, la reina Juana de Portugal, su esposa, está por dar a luz ante la escrutadora mirada de dieciocho personas, sin contar matronas, médicos y demás personal de servicio. Enrique está acostumbrado a la publicidad de sus pudores, al desconfiado control de los nobles. A los quince años debió consumar su matrimonio con Blanca de Navarra. Según la costumbre castellana de la época, luego de la fiesta, los jóvenes contrayentes se retiraron a su aposento mientras tres notarios y un mundo de gente esperaba, al otro lado de la puerta, la entrega de la sábana manchada de sangre, testimonio del desfloramiento de la princesa. Sin embargo, "durmieron en una cama y la princesa quedó tan entera como venía", dice un cronista y otro agrega: "Todos ovieron grande enojo." Desde aquel día comenzó a circular el epíteto de "El impotente", que terminaría por imponerse sobre otros, como "El Liberal", es decir el magnánimo. Pasados tres años sin consumación, el matrimonio fue anulado, en 1443.
En 1930 Don Gregorio Marañón, luego de estudiar el cadáver del rey, excelentemente conservado, publicó un célebre "Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo", en el que diagnosticó una endocrinopatía que explicaba buena parte de sus problemas de impotencia. Investigación reciente -de 2003- confirma en gran medida la tesis de Marañón.
Enrique se convirtió en un individuo retraído, pero también "generoso y modesto hasta la exageración. Era culto e instruido, conocía bien el latín, hacía versos y era apasionado por la música, sobre todo la de motivos melancólicos, cantando con primor y voz muy dulce, acompañándose del laúd". (J.B. Sitges).
En 1445 murió su madre, María de Aragón -dicen que envenenada por sus enemigos- y su padre, el rey Juan II se casó con la jovencita Isabel de Portugal. En 1454 muere el rey, Enrique fue coronado e inmediatamente negoció un nuevo matrimonio, con doña Juana, hermana del Rey de Portugal. Previamente, había derogado la ley de los notarios y se reservó la noche de bodas para su intimidad. De todos modos el heredero no llega, mientras su madrastra había parido dos hermanastros: Isabel (1451) y Alfonso (1453), disponibles para ser usados por sus enemigos como alternativa a la corona.
Enrique y su entorno se desesperan. Encarga brebajes y remedios italianos y envía emisarios al África en busca del cuerno del unicornio. Por fin, un día de 1461 anuncia la preñez de la Reina. Unos decían que seguramente era una falsa noticia, otros, más benévolos que había sido fecundada antes de desflorada, es decir inseminada artificialmente mediante una caña de oro para inyectar por ella el semen del rey. Pero la maledicencia mayor atribuía el embarazo no al rey sino a Beltrán de la Cueva, personaje muy cercano a Enrique.
Junto con la llegada de la heredera del trono, sus enemigos acusan al rey de causar la ruina económica del reino y favorecer a judíos y musulmanes. Además imponen un nuevo epíteto, que se demostró exitoso para desacreditar a la recién nacida: la Beltraneja.
El 5 de junio de 1465, se reúnen cerca de Ávila. Sobre un gran tablado colocan una estatua de madera que representa al rey con todos sus atavíos. Se celebró una misa, se leyó una proclama y se procedió a deponer al rey en efigie. El arzobispo de Toledo le quitó la corona, el conde de Plasencia la espada, el de Benavente el bastón, símbolo del gobierno, otros le quitan los demás atributos y por fin Diego López de Zúñiga, patea la estatua gritando "¡A tierra, puto!".
Al final, sube al estrado el príncipe don Alfonso; los grandes señores besan su mano y lo aclaman Rey y Señor; tenía apenas 12 años de edad.
Entre los nobles allí presentes se encontraba el poderoso conde de Paredes de Nava, Rodrigo Manrique. A su lado está su hijo menor Jorge Manrique, poeta y guerrero, que morirá, en la larga guerra civil que con este acto se iniciaba.
El enfrentamiento incluye una larga lista de avatares que pasaré por alto. Baste decir que el joven Alfonso murió, probablemente envenenado, en 1468, Enrique IV en Madrid, 11 de diciembre de 1474. Es entonces que su hermanastra Isabel, tercera en la línea de sucesión, asume el reinado durante el cual será conocida como La católica. En tanto, Juana la Beltraneja, fue acogida en Portugal y profesó como monja en Coimbra en 1480. Los portugueses la reconocieron con el título de "la excelente señora" y hasta el fin de sus días, en 1530, firmó con las palabras "Yo la reina."
Desde entonces los historiadores han escudriñado miles de folios en busca de la verdad histórica, solo para comprobar que los cronistas de aquel período, "ni gozan fama cumplida de veraces, ni sus asertos merecen, en general, entero crédito, considerándoseles influidos por la causa á que servían". (J.B. Sitges). Si las armas, la ambición, la astucia y las alianzas contribuyeron para elevar al trono a Isabel, no menos importante fue la eficacia propagandística de los cronistas, los rumores, los versos y los epítetos, que perduraron secularmente en la historia oficial.