Dentro de un contexto generalizado en el país con perfiles de obra maestra del terror, la situación de los nosocomios públicos tuvo su noche de San Bartolomé con las medidas tomadas por los funcionarios en el Hospital Maciel el 29 de noviembre, saturando el servicio de emergencia, que en los hechos colapsó. Se pudo ver entonces un amontonamiento de ambulancias provenientes de diferentes puntos de la ciudad sin poder circular, personas víctimas de accidentes y otras o en situación crítica esperando por horas el ingreso por la puerta de emergencia, mientras se procedía a retirar los colchones de las camas que quedaban vacías para inutilizar la capacidad de atención con que cuenta el Hospital.
Son demasiadas las evidencias de actitudes que comprometen la responsabilidad penal de sindicalistas, que se consuman sin reparo alguno. El Ministerio Público y la Justicia, que pueden y deben actuar de oficio perdieron capacidad de iniciativa. Y las jerarquías administrativas se encierran en una tolerancia cómplice que también compromete su responsabilidad, pero se sienten amparadas porque nadie los llama a hacerla efectiva.
Todo este conjunto de acciones y omisiones criminosas, desbordaron la capacidad de asombro de la población, que empieza a acostumbrarse al caos. Ya no se discute que la seguridad pública está mal, que la educación es víctima de una apropiación de recursos sin la contrapartida de calidad. A ello se agrega el drama que significa el desastre en la atención de la salud.
La reacción de ASSE fue cesar en su cargo a la administradora del Hospital Maciel, pero por el tema de la famosa limpieza del nosocomio. Investigaciones y medidas por el atentado a la salud, nada.