Desvirtuado y en peligro

Atenas trasmitió a la posteridad un excelso legado que, aunque imperfecto y limitado, se basaba en principios que el paso del tiempo supo valorar y adoptar como un supremo modelo. Claro está que para que esto último sucediera tuvieron que transcurrir más de dos milenios y superar monarquías absolutas, regímenes despóticos, sistemas feudales y oligárquicos hasta que, a finales del s. XVIII, la revolución industrial, comercial e intelectual coloca en primera fila al individualismo y a los derechos y virtudes que se le reconocen (también sus excesos) para entronizarse en la actividad política mediante la democracia representativa.

Se llega así a nuestro tiempo. El sistema democrático es pasible de múltiples críticas, no para eliminarlo sino para evolucionarlo y perfeccionarlo. Incluso, surgen grandes inquietudes respecto a su futuro, no en las comunidades anglosajonas -donde goza de un prestigio y un respeto considerables- sino en el resto del planeta que, a menudo, se escuda en su nombre para ocultar realidades liberticidas. Porque lo cierto es que está siendo desvirtuado bajo distintos disfraces y actitudes. Un filósofo español, Rafael Alvira -de reciente visita a Montevideo- entrevistado por El País, se unió al coro de gritos de alarma: "existe un cansancio ante la democracia" pues "promete mucho y cumple poco". Sobre todo, hay una generalizada desconfianza hacia los políticos profesionales a los que más de la mitad de la población española considera corruptos y manipuladores del poder que detentan. Más contundente aún, el citado catedrático de la Universidad de Navarra se apoya en J.J. Rousseau para afirmar que "la soberanía popular es una ficción" y que "todos los partidos son antidemocráticos porque solo representan a una parte del pueblo". Incluso agrega que "los movimientos espontáneos de masas ya no existen porque son creados por las redes sociales, son un montaje con algún asiento en la realidad y con el apoyo impresionante de los medios que están en manos de la izquierda" (sigue refiriéndose a España)

A la luz de estos planteos, veamos cuál es la realidad imperante en nuestro país. Gozamos de un sistema que recoge formalmente todas las virtudes de la democracia pero que, en la práctica, no funciona siempre como tal. Se supone que el Poder Legislativo y el Poder Judicial son independientes y garantizan el goce de los derechos de todos los habitantes del país. Pero la realidad señala que el Estado, cualquiera sean sus dependencias, es, a menudo, rehén no de la voluntad popular que legitimó el ejercicio de sus funciones, sino de la voluntad sindical sectorial, que inexcusablemente dice representar al "pueblo trabajador" cuando lo único que surge con claridad meridiana es que esa indiscutible minoría actúa siempre en función de sus intereses propios ignorando el interés general de una sociedad indefensa ante sus medidas de presión. Huelgas, ocupaciones, tensión conflictiva en cualquier momento que se juzgue conveniente a sus propósitos, así lo testimonian. No les preocupa que las emergencias médicas y los CTI no funcionen, que el sistema bancario se paralice, que no haya transportes públicos, que se corte la cadena alimentaria, se cierren las escuelas y liceos, se afecten las exportaciones e importaciones y así un interminable etc.

La "sindicocracia" se ha adueñado del país. Cree que por acogerse al voto emanado de sus congresos, plenarios y comisiones actúa democráticamente cuando, en verdad, usa el sistema desvirtuándolo, porque el gran ausente en sus decisiones es la enorme mayoría ciudadana perjudicada por su corporativismo desenfrenado. Su insolencia no tiene límites: amenaza hasta con ocupar las sedes ministeriales. Ahora acaban de ocupar el local donde funciona la Inspección de Secundaria quienes desconocen a sus autoridades directas para impedir cualquier intento de cambio, por más reducido que sea ¿Algún día se le ocurrirá ocupar la Presidencia de la República o el Parlamento? Los verdaderos valores de nuestra democracia están siendo amenazados. El futuro nos pedirá cuentas. No lo dudemos.

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