La mejor descripción de lo que ocurre en el país fue la ausencia de representantes del gobierno en el seminario organizado por la Asociación de Promotores Privados de la Construcción (Appcu) para analizar la exigencia de la OCDE de intercambiar datos con Argentina y modificar el régimen de las sociedades anónimas. Allí estaban los pesos pesados de la oposición (Ignacio de Posadas, Isaac Alfie, Jorge Larrañaga, Pedro Bordaberry, Sergio Abreu), pero ningún jerarca de esta administración. Fueron invitados Danilo Astori (envió a su exjefe de Asesoría Tributaria, David Eibe, que disertó a título personal) y el ministro Lorenzo, que directamente ni contestó la invitación. En un escenario muy calificado, estas ausencias no son casualidades; son provocadas por la falta de respuesta a las innumerables preguntas que podrían formularse sobre la posición del gobierno y sus pasos futuros; marcan la ausencia de propuestas para un contragolpe uruguayo; es el reconocimiento de la orfandad de ideas. No tenían nada para decir sobre la transferencia de información fiscal y el riesgo de una doble tributación.
Obvio es que ya conocían lo que estaba ocurriendo en Punta del Este; que los inversores argentinos para construir dos torres, que significan cientos de puestos de trabajo directo y otros tanto indirectos, habían resuelto dejar todo en suspenso, porque en la actual situación lo mejor era retirarse, al tiempo que caían otros importantes negocios inmobiliarios. Las señales de alarma habían comenzado a sonar con el informe de la OCDE y el discurso del presidente Sarkozy, pero el gobierno parece reaccionar con menos reflejos que la momia de Tutankamón. Y eso no iban a reconocerlo en público.
Poco antes, el Índice de Clima Económico, elaborado por la Fundación Getulio Vargas y el instituto alemán IFO, señalaba que Uruguay empeoró en el último cuatrimestre; hay un "declive" con una sensible baja en las expectativas. Es que la incertidumbre es la tónica en materia de inversiones, un elemento más que fundamental para asegurar el crecimiento del país, abrir oportunidades al trabajo y contribuir a crear un escenario donde los uruguayos vivan mejor.
Pero el clima de inversiones también se ve sacudido por el frente sindical. Aún permanece en las retinas la ola de ocupaciones lanzada por el sindicato de metalúrgicos, a conciencia de su doble violación de la Constitución -contra el derecho de propiedad y contra la libertad al trabajo de los que no acompañaban- y la posición jurisprudencial contraria a considerarla una extensión del derecho de huelga. Como si fuera poco, a diario de suman otros ejemplos, que apuntan a golpear a aquellos que han apostado a nuestro país, arriesgan sus capitales en este suelo y reciben como contrapartida un trato hostil. Los sindicatos uruguayos -y esto se desprende de un informe de hace un año elaborado sobre declaraciones de expertos universitarios, profesionales y empresarios, pero que lejos de atenuarse se ha agravado- tienen un alto contenido ideológico. Están radicalizados políticamente y buscan más el enfrentamiento que la negociación. Primero la huelga y las ocupaciones, luego las conversaciones. La paralización de actividades no es la última carta a jugar por el fracaso de las negociaciones, es la primera y antes que empiecen. Se sigue con esquemas mentales que rinden tributo a la lucha de clases. Se reclama por principio, porque el empresario siempre representa al imperialismo explotador, aunque muchas veces el negocio no sea tan negocio como parece.
Y ahora hemos llegado al extremo que esta tónica sindical es la que inspira a muchos legisladores oficialistas, que comparten in totum esa ideología y sus medios y los trasladan al terreno impositivo. Es la era de los impuestos ideológicos. Se abandonan las certezas jurídicas, mil veces proclamadas, para satisfacer doctrinas radicales. El campo ha sido la primera víctima, pero seguramente no será la última, porque atrás de ello no hay razones ni argumentos; solo ideología del siglo pasado.
Sin respuesta a las presiones del exterior y sin respuesta a las presiones interiores, el panorama es poco alentador en momentos que amainan los vientos de bonanza.