José Mujica acaba de recibir el título de doctor Honoris Causa de la Universidad de Lanús, Argentina, lo cual es una importante distinción. Todo estaría bien si no fuera porque en la resolución del Consejo Superior de esa universidad pública se cita como una virtud relevante del presidente uruguayo su condición de fundador del MLN Tupamaros así como su "calidad de luchador incansable por la vigencia de los derechos humanos y la democracia".
Aunque se mencionan otros motivos para otorgar ese título, entre ellos su "compromiso con la integración latinoamericana", a esa casa de estudios le sobró la referencia al pasado guerrillero de Mujica, es decir, su afiliación a una organización clandestina que trató de llegar al poder en Uruguay mediante el uso de las armas y el terror. Por eso rechina demasiado que se defina como defensor de la democracia a quien medio siglo atrás atentó contra ella desoyendo los consejos de quienes, como el propio "Che" Guevara, recomendaban apelar al voto popular en Uruguay en vez de optar por el camino de la violencia.
Debido a esa errada mención, el apego a la verdad, principio rector de toda universidad, quedó en entredicho dentro de los fundamentos del título brindado a Mujica. Dicho esto sin mengua de los méritos que pudieran atribuirse al presidente uruguayo en materias tales como el fomento de la integración latinoamericana y el estrechamiento de nuestras relaciones con Argentina. Alegando esas razones la Universidad de Lanús tenía derecho a honrar a José Mujica a su gusto.
A lo que no tenía derecho era a hacerlo invocando su trayectoria en un movimiento forjado a principios de los años sesenta para destruir la democracia uruguaya.