Parar la mano

Juan Oribe Stemmer

Los uruguayos tenemos actitudes que sorprenden. Son muchos los que viajan a Europa para admirar las antiguas ciudades en Francia, Gran Bretaña, Italia y, más recientemente en países de Europa central. Sus principales atractivos incluyen edificios seculares, tan bien conservados. Es lo mismo cuando viajamos por nuestro continente. ¡Qué maravilla Cuzco! ¡Qué bien conservada Cartagena de Indias! Sin embargo, hoy, y acá, toleramos tranquilamente la destrucción sistemática de nuestro patrimonio arquitectónico. Unos de los elementos clave de nuestro acervo cultural e histórico.

La supervivencia de los antiguos barrios y edificios de París, y de otras ciudades no es un milagro. Es el resultado de una combinación de factores, que incluyen una sociedad culta y normas de protección adecuadas, ya sean municipales o nacionales, aplicadas con severidad. Los dos elementos van de la mano: es posible legislar, sobre el papel, el mejor sistema de protección del patrimonio cultural, pero se necesita una sociedad civil vigilante y activa para asegurar que lo escrito se transforme en medidas concretas y eficaces.

Las demoliciones de edificios de importancia cultural demuestran que, por una parte, el marco legal e institucional es inadecuado (o no se aplica) y, por otra, que carecemos de la base cultural que impulsa a la sociedad para que se convierta en una protagonista eficaz en la defensa de un patrimonio edilicio que, después de todo, es un bien intergeneracional.

Así, se han perdido -una lista muy rápida- las dos casas diseñadas por el arquitecto Román Fresnedo Siri, en la avenida Ponce, el caserón situado en Bulevar España y Juan Paullier y el antiguo edifico en la esquina de las calles Alzaibar y Washington, frente a la Plaza Zabala. En otros casos el enemigo no es la piqueta sino el abandono (un aliado de la primera, más de una vez).

Un buen ejemplo de las consecuencias del abandono es lo que sucede con las tres casas antiguas en la acera Norte de la calle 25 de Mayo, entre Juncal y Bartolomé Mitre que fueron construidas sobre el antiguo foso que defendía la ciudad colonial. Mejor no hablar de lo que está sucediendo con la Estación de Ferrocarril Central. Y la lista sigue…

En 1896, ante otra ola de lo que llamó "vandalismo ilustrado", Francisco Bauzá dijo "yo no creo que las ciudades se embellezcan porque cambien radicalmente sus edificios, y se pongan al último figurín" y agregó, "me duele ver desaparecer todas las tradiciones de la ciudad, a título precisamente de lo que impone preservarlas, esto es, por su vejez relativa". Una advertencia muy válida. Hoy, y refiriéndose a la demolición de las dos casas de Fresnedo Siri, el Arq. Conrado Pintos escribió que "no se trata solamente de la ignorancia, la indiferencia, el crudo cálculo económico o el miope cálculo político que impide ver o aconseja callar: se trata del desamparo cultural en que se halla nuestra arquitectura".

Con razón, observó Pintos: "mutilamos el pasado y descuidando el presente, degradamos el futuro".

Aunque bastante se ha perdido, aún se puede rescatar mucho. Si actuamos a tiempo.

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