La demagogia es una degradación o peligrosa deformación de la democracia. Sus orígenes se hunden en las raíces de los tiempos y las voces de alarma han resonado incontables veces para denunciarla. Los antiguos griegos (Aristóteles, Demóstenes, Aristófanes) la conocían y le temían, al punto que la consideraban la derivación bastarda de la democracia. Y más cerca, Ortega y Gasset, por ejemplo ha juzgado con extrema dureza a los demagogos: "son los grandes estranguladores de civilizaciones. La griega y la romana sucumbieron a causa de esta fauna repugnante". Porque, al decir de H. L. Mencken (1880-1956), periodista y agudo crítico social estadounidense, el demagogo "es aquella persona que predica doctrinas que él sabe que son falsas, a personas que él sabe que son tontas".
Ello demuestra que no es un fenómeno propio de nuestra época, como no lo es la democracia. Pero así como ésta ha evolucionado y tiene características especiales (¿modernas?), también lo ha hecho la envilecida técnica de acción política que se introduce en brechas desvalorizantes del ser humano.
La demagogia apela a defectos propios de la naturaleza del hombre: la ambición, la credulidad, la debilidad ante el halago y, cada vez más, en la disposición al menor esfuerzo para obtener logros y resultados. Tiene una naturaleza básicamente verbal, emplea el argumento engañoso para mostrar como cierto, algo que no lo es.
Esta historia varias veces milenaria de la demagogia como deformación de la democracia, permite calificarla como el adversario más peligroso de ese sistema, más amenazador que la propia dictadura. En una larga proyección de resultados, los suyos pueden ser más nocivos y perniciosos que los que derivan de un orden totalitario basado en la fuerza.
Las dictaduras ponen cadenas en los cuerpos, pero la demagogia prostituye las almas. Las dictaduras, al emplear medios violentos para mantener el poder -como la cárcel, la tortura, el destierro y el garrote con el que apalean estudiantes, disuelven reuniones, clausuran diarios, persiguen, acosan y silencian a sus opositores- realizan una forma de despotismo brutal y primitivo que, en vez de ahogar en los pueblos sus ansias de libertad, la mantiene viva. Esa prepotencia templa el espíritu de rebeldía y redobla la memoria y la fidelidad a los ideales que le han usurpado. Su lealtad a ellos será más fuerte y será el formidable motor para luchar por su restauración -más rápida o más lenta-, pero restauración segura.
El demagogo, en cambio, actuará sin abrir una mazmorra, sin golpear a nadie ni agredir, en forma alevosa, una libertad. Apelará a la promesa, tan pródiga como irresponsable, buscará seducir con halagos al pueblo, mimetizarse con los humildes, adormecer las responsabilidades de los ciudadanos. Se pondrá a enfatizar ostentosamente sobre los derechos, ocultando en forma artera que también existen deberes, que son su contratara. Poco a poco irá quebrando los auténticos valores morales y republicanos, torciendo el sagrado equilibrio de la separación de poderes, minando la confianza en la eficacia y las virtudes de la democracia. Hasta hacerla trizas.
Los últimos acontecimientos, con la Ley de caducidad como buque insignia, alertan sobre este camino. ¿Qué son, si no, la declaraciones del Presidente Mujica diciendo simplemente "eso que lo arregle el Parlamento"? ¿Una doble violación a la voluntad ciudadana no merece la atención y la intervención del Presidente de la República? ¿Cómo queda el fundamento esencial de la democracia, aquello del gobierno de las mayorías y la soberanía popular? ¿Hay intención de averiarla en su línea de flotación, menoscabarla? ¿No es una forma sutil de destrucción?
Sin abrir una mazmorra, sin golpear a nadie ni agredir una libertad, el gobierno le ha torcido la voluntad al pueblo. La ha desconocido.
Nunca había ocurrido esto, ni en dictadura. Ahora se acepta -ironías de la historia- cuando nuestro país festeja el Bicentenario del proceso independentista y la frase de Artigas, "mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana", resuena moribunda en todos los actos oficiales.