Matías Castro
La relación entre padre e hijo también puede construirse y afirmarse con un océano de por medio. Incluso puede hacerse en un continente intermedio, como África. Jaime y Yamandú Roos lo probaron al filmar el material para "3 millones".
A fines del año 2009, Yamandú llamó a su padre desde Holanda y lo sorprendió con la noticia de que en junio del año próximo se iba a jugar el Mundial de Fútbol en Sudáfrica. No es que Jaime, cuya pasión por el fútbol es harto conocida, no supiera del evento. Es que para esa fecha habían planeado hacer un viaje de un mes por Rusia, como forma de vivir una experiencia larga solo entre padre e hijo, viajando en tren y en auto, recorriendo miles de kilómetros hasta donde les diera el tiempo. Pero el Mundial cambió todo y pusieron su objetivo en Sudáfrica.
Ante la propuesta de su hijo, Jaime le arrojó la idea de convivir con la selección, como ya había hecho en el Mundial de Corea y Japón en 2002. Ante esto, Yamandú pensó en llevar su cámara para documentar la experiencia. Poco después apareció la idea de que Jaime escribiera un diario de viaje y filmara con una cámara lo que su hijo no tenía tiempo de registrar. Ya en Sudáfrica, un día antes del primer partido que disputó Uruguay y ante una pregunta de Sergio Gorzi, apareció la idea de hacer una película con el material que surgiera del proceso.
Treinta y ocho días más tarde habían vivido una experiencia única que combinaba la emoción compartida entre padre e hijo con la intensidad de las vivencias futbolísticas y las sorpresas que trajo el ascenso de la selección uruguaya.
Once meses después lograron dar forma a una película cuyo título remite a una vieja canción de Jaime. "Pude comprobar lo que dije hace veinte años, de que cuando juega Uruguay corren tres millones", dijo Roos, café de por medio, en el bar de un hotel montevideano. "Lo que te puedo decir es que un Mundial sucede en el planeta Tierra y todo el planeta lo mira. El papel de la selección de un país de tres millones en un planeta de siete mil millones, fue tan relevante y querido que también se sintió en Uruguay. Luego se vio corroborado con creces en la Copa América".
Por mail y desde Holanda, Yamandú da una opinión que no está tan alejada. "El equipo uruguayo le ha mostrado al mundo que lo más importante en el fútbol es tener un gran equipo que juegue de forma hermosa. Se trata de gente que realmente se lleva bien y se cuida entre sí, que realmente siente la importancia de la interdependencia y el sacrificio. Debemos sentirnos orgullosos de eso. Sudáfrica fue el comienzo de un muy buen período para la celeste".
Pero la película, dice el músico, va mucho más allá de ser un repaso en imágenes al Mundial, cosa que, en definitiva, no sería más que una repetición de lo que ya se vio hasta el cansancio en la televisión. Y para entender esto, conviene conocer un poco de la historia de fondo de Jaime y Yamandú.
historia familiar. Yamandú Roos nació en Holanda hace treinta y tres años, donde su padre y su madre se instalaron en tiempos de dictadura. Cuando él tenía seis años Jaime volvió a Uruguay, ya divorciado, y ahí comenzó un período de doce años más en los que la distancia y los medios de comunicación iban a pautar el ritmo de sus vínculos. "Lo superamos, en una época en la que no había mails, ni Skype ni fax y la mitad de las cartas se perdían", dice Jaime. Por eso se mandaban mensualmente fotos y casetes con grabaciones propias, además de hacer una veintena de viajes para encontrarse periódicamente. "Logramos seguir siendo padre e hijo a través de la distancia": a los dieciocho años, Yamandú viajó a Uruguay resuelto a dedicarse a la fotografía. Vivió con su padre durante dos años hasta que éste lo convenció de que se inscribiera en la Escuela de Bellas Artes de La Haya.
En todas las décadas previas Jaime Roos nunca había puesto un pie en Rusia y sentía curiosidad por recorrer su extenso territorio. La idea quedó por el camino para él, pero no para Yamandú, quien la visitó para su proyecto fotográfico "Europeos después de la experiencia del Mundial". Pero a los dos les quedó Sudáfrica. Y, en particular, la ciudad de Kimberley.
Kimberley está ubicada un poco al norte del centro de Sudáfrica, que tiene aproximadamente 140 años de historia y unos 167 mil habitantes. Lo primero que destacan las guías turísticas sobre ella es que ha tenido cierto peso en la historia del país por la minería y, en particular, los diamantes. Pero los Roos no terminaron filmando allí por esto, sino porque fue la ciudad que Óscar Tabárez eligió para establecer la concentración de la selección uruguaya.
"Tabárez tuvo una gran visión cuando eligió ese lugar para la concentración uruguaya. La tranquilidad con la que se vivió allí fue uno de los secretos para la estabilidad del equipo", asegura el músico. Allí, cuenta, había apenas cuatro restaurantes más o menos buenos, un shopping center y ni siquiera había un cine. "Es un lugar en el medio de la nada, realmente a contramano de todo". Ese lugar, probablemente el menos pensado para algo como lo que cuenta, fue uno de los puntos clave para su película. "Lo que se vivió en Kimberley era que el plantel celeste era parte de los tres millones, de una manera muy seria y muy profunda estaban con la camiseta puesta".
Entre Kimberley y las distintas sedes para los partidos las distancias eran grandes, algo que lo llevó a hacer unos treinta viajes en avión a lo largo de toda su estadía. Entre esos viajes tanto él como la selección y los periodistas deportivos que se acercaban, podían descansar en cada oportunidad, tres o cuatro días para luego regresar a los centros del Mundial. Con ese aislamiento geográfico se logró formar una comunidad muy solidaria y cercana a los jugadores, porque no había hinchas y ni siquiera visitas de los presidentes de los clubes de fútbol, cuenta.
Desde su punto de vista, no es una película periodística porque no sigue las reglas de este medio. Ahí se cruza también su relación con Yamandú, su forma de trabajar y de repartirse lo que iban a filmar y a registrar y también sus discusiones y encuentros. Para él no es una historia sólo de la celeste en un mundial, sino de un mundial vivido por dentro. "Llegó un momento en que pensé que estaba viviendo una ficción. La realidad superó largamente las expectativas de delirio que se podían haber tenido con un viaje semejante". Y no lo dice solamente por los resultados futbolísticos sino también por lo que vivió lejos de las canchas.
Nunca pararon de filmar a lo largo de los treinta y ocho días en los que estuvieron allí. El diario que llevó Roos era de unas cinco o seis líneas al día, pero le permitió tener una guía escrita que utilizó en la etapa de montaje, cuando su hijo ya estaba de vuelta en Holanda. Yamandú cuenta que resolvió aplicar el método que emplea habitualmente en sus trabajos, lanzándose directamente a filmar. Jaime, por su lado dice que lo único que le pidió es que se grabara a sí mismo, dejando una suerte de registro hablado.
"La película es un premio que nos dio la vida, que como padre e hijo pudimos llevar esto adelante y vivir esta experiencia. No fue algo que coronó una relación. Si la película no hubiera existido nos hubiéramos ido a Rusia un mes y la hubiéramos pasado de maravilla. Pero involuntariamente nos convertimos en testigos de un hecho muy importante para la cultura uruguaya".
"Uno aprende mucho haciendo música para películas"
La relación de Jaime Roos con el cine comenzó de forma "institucional" poco después de haber comenzado sus estudios serios de música, en la adolescencia. Así, a los quince años se había hecho socio de Cine Universitario y miraba unas diez películas por semana. Con los años también se afilió a Cinemateca Uruguaya. En París fue socio de la Cinemateca Francesa y en Amsterdam lo fue del Museo del Cine.
Esa relación como espectador se amplió, o extendió, a la hora de trabajar en sus propios DVD de música. También lo hizo con el trabajo en bandas de sonido para películas como Luna de Avellaneda de Juan José Campanella, El amateur de Bruno Stagnaro, El viaje hacia el mar de Guillermo Casanova y en El sueño de los héroes de Sergio Renán. "Uno aprende mucho haciendo música para películas con directores serios. La música es un tema importante en relación a las emociones, en cuanto a la coherencia de la tímbrica de la música y a cómo se apoya en el hilo conductor. Quiérase o no, uno aprende mucho de trabajar en un proyecto fílmico". Pero en 3 Millones el trabajo cinematográfico se dio, en buena medida, a lo largo de los once meses que tardó el montaje. Mauro Sarser fue una ayuda indispensable durante este proceso, reconoce, junto con la productora Marcela Matta, quien lo ayudó a convertir este proyecto en una película para el cine. La edición recayó sobre todo en sus manos porque Yamandú estaba en Holanda y recién pudo ver el material cuando hicieron una primera versión. A partir de ahí comenzaron un intercambio con el que fueron dando forma a la película que se estrenará el próximo viernes. Ese proceso, destaca el músico, fue entre cuatro personas, así como la dirección fue compartida con su hijo.
Tres cosas importantes
Maracaná otra vez "No veo que se necesite un nuevo Maracaná. Somos un país donde el fútbol es parte de nuestra cultura, no es un deporte, es arte, es cultura y religión. No hubo un nuevo Maracaná, pero sí una nueva Copa América. Pero esa copa es parte de un mismo proceso, de una historia que comenzó en el partido contra Francia en Sudáfrica y se cerró en la final contra Paraguay".
¿Y si uruguay salía campeón? "Era la misma película. ¿Qué otra cosa podíamos hacer con lo filmado? Simplemente que hubiera tenido un final absolutamente monumental. Pero hubiera sido lo mismo y hubiera salido en la misma fecha".
Entre padres e hijos "No todas son rosas entre padre e hijo, hay momentos en que se gruñen. Tampoco es una película ombliguista. Creo que la película funciona como catalizador para la gente que no fue al Mundial y que a través nuestro lo vive como si estuvieran ahí".