La muerte en fotos

Álvaro Casal

Las imágenes mostrando el cuerpo semidesnudo y acribillado a balazos del exdictador libio Muamar Gadafi, llevan a reflexionar sobre un final que se parece mucho al de otros tiranos.

La misma violencia, la misma alegría de los rebeldes que mataron a, por ejemplo, el dictador fascista Benito Mussolini que, capturado por la resistencia italiana, terminó colgado de los pies junto a su amante Claretta Petacci.

O bien las fotos difundidas por televisión el 26 de diciembre de 1989, mostrando los cadáveres del tirano comunista Nicolae Ceaucescu y su esposa Elena, al pie del muro frente al cual un día antes los patriotas los habían fusilado. Mientras ellas eran exhibidas, el pueblo rumano vitoreaba. Sabían que era el final de largos años de terror. Un poco como los rebeldes libios, que vimos tan proclives a festejar junto al cadáver de Gadafi, sabiendo que había llegado el fin de un régimen de 42 años de espanto.

Otros monstruos han tenido otras suertes. José Stalin, que mató millones de sus compatriotas en su campaña por afianzar la Unión Soviética, murió en la cama. Adolf Hitler no abrió la posibilidad de que lo mataran. Durante décadas se afirmó que se había suicidado junto a Eva Braun en su búnker, pero como su cadáver no fue hallado, todo tipo de versiones circulan. Últimamente hasta se ha publicado un libro que afirma que huyó a Argentina y allí murió décadas después del final de la guerra.

Pero una cuestión importante sobrenada en todos estos episodios: si bien se comprende a los patriotas liberados que festejan muertes, ellas no son justificables. No podemos compartir lo que comprendemos. Especialmente como uruguayos. Vivimos en un país donde la pena de muerte fue abolida hace más de cien años y aunque durante cierto lapso hubo quienes se creyeron facultados para imponer sus ideas asesinando, ello no cambia la realidad de que la mayoría de nuestros compatriotas no apoyan la pena capital.

Todo esto conduce a recordar un episodio un tanto paradójico, ocurrido al finalizar la Segunda Guerra Mundial. En ese entonces se establecieron tribunales penales para castigar los crímenes cometidos por japoneses, alemanes y algunos otros. Era claro que los juicios resultantes iban a terminar en buen número de condenas a la pena de muerte. El juicio más sonado fue el de Nuremberg, donde fueron procesados 22 jerarcas nazis de los cuales 19 fueron considerados culpables. Fue entonces que el representante de Uruguay ante las Naciones Unidas, en febrero de 1946, expresó la resistencia de nuestro país a la pena capital. Planteó que la pena máxima admisible fuera la cadena perpetua y no las ejecuciones por ahorcamiento de los jerarcas nazis. Asimismo, mucho menos admitía las ejecuciones en acto público, que tenían un efecto claramente "desmoralizador".

Frente a esto surgió la voz de la delegación de la Unión Soviética, encabezada por Vishinsky. ¿Con argumentos favorables a las ejecuciones? ¿Con un mensaje del humanitario Stalin? No, simplemente para denunciar que Uruguay era partidario de los nazis. ¿No entendían nada o no querían entender?

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