Apabullante CFK

No por anunciados dejan de ser llamativos los resultados de las elecciones en Argentina. La reelección de Cristina Fernández se hizo con el mayor porcentaje obtenido por un candidato a presidente, y con la mayor ventaja electoral sobre el segundo más votado, desde las elecciones de 1983. Por si fuera poco, en las dos cámaras del Congreso, sumando a sus aliados, el bloque presidencial superará con tranquilidad la mayoría absoluta de votos para poder implementar sin inconvenientes su acción de gobierno. Tampoco será un frente opositor significativo lo que pueda ocurrir a nivel de las provincias: solo los gobernadores de Santa Fe y de San Luis no son del todo afines al sector presidencial.

Esta acumulación de poder es excepcional: ni Menem en los años `90 ni el mismísimo Perón en los `50 la tuvieron. Es que, en todos estos años, la Argentina ha ido encaminándose hacia un escenario en donde el peronismo domina, a la vez, el espacio del oficialismo y el de la oposición. Se divide y se reagrupa, se unifica o se enfrenta, pero siempre termina ocupando prácticamente todo el espacio de la opinión. En 2003, los candidatos del Partido Justicialista sumaron 63%; en 2007, los presidenciales peronistas llegaron al 72%; y el pasado domingo, más de dos votos de cada tres, también fueron a opciones peronistas.

Las consecuencias para la región son muy importantes. En primer lugar, porque esta ratificación en las urnas, excepcionalmente clara, va a dar fuerza y vigor a los cultores del populismo, que son cada vez más numerosos en el ámbito académico e intelectual -quizá uno de los más notorios sea Ernesto Laclau y su Razón Populista-, y que forman opinión en Latinoamérica.

Las críticas que desde la perspectiva democrática, liberal y republicana se hacen de este tipo de liderazgo y de esta forma de ejercer el poder parecen perder fuerzas frente a las (pretendidas) virtudes de la mejor forma de representar el interés y las demandas del pueblo que se traducen, en la lógica peronista, en el populismo: porque garantiza cierta estabilidad a un país acostumbrado a vivir sin ella, y porque no impide el crecimiento económico.

En realidad, claro está, se trata de un sistema que reniega de la lógica de la división de poderes que el mejor pensamiento político occidental ha situado como uno de los principios que dan garantías a la libertad del Hombre. Pero sobre todo, es una forma de concebir el poder que, a lo largo del tiempo y de las distintas experiencias históricas, siempre termina situando a lo colectivo por encima del individuo.

Detrás de la ilusión populista, que puede funcionar un tiempo siempre que haya viento a favor en la economía internacional, se esconde una mala calidad democrática, un Estado de derecho endeble, y una prosperidad que no se sostiene por falta de bases institucionales sólidas y reglas de juego respetadas.

En segundo lugar, porque será con este gobierno argentino, así legitimado, que habrá que tratar en los próximos años. Un principio de realismo político lleva a aceptar, naturalmente, que debemos intentar mantener las mejores relaciones con Argentina. Quizá el anunciado avance por el dragado del canal Martín García sea buen augurio en este sentido.

Pero no hay que olvidar que en los últimos años esta corriente peronista ha puesto numerosas trabas a nuestro desarrollo nacional: desde los episodios vinculados a la radicación de UPM en Fray Bentos, hasta las recientes dificultades con relación a la importación de energía desde Paraguay, pasando por los impedimentos al comercio bilateral, o por la progresiva instalación de una lógica en el Mercosur en el que la dupla Argentina-Brasil impone su criterio en desmedro de los intereses de los países menores.

Del éxito peronista surge una alerta muy importante. Hoy más que nunca, debemos cuidarnos de la tentación populista-latinoamericanista que comporta la idea de avanzar en cierta "patria grande": cuidado con creer que puede haber prosperidad duradera sin institucionalidad democrática liberal.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar