La jornada de ayer fue de esas que quedan marcadas en la historia. Dos hechos, en apariencia inconexos y ocurridos con solo algunas horas de diferencia han sacudido al mundo y prometen ser bisagras trascendentes para sus respectivos pueblos.
Primero fue la captura y muerte, en un desolado camino del norte de Libia, nada menos que de Muhammar Gadafi, el histórico y sangriento dictador que durante más de 40 años fue amo y señor de su país, y una figura de nefasta influencia mundial.
En ese período, Gadafi supo convertirse en protagonista de los informativos por sus discursos radicales, su apoyo a grupos terroristas (entre ellos algunos de nuestra región), sus estrafalarios gustos en vestimenta, y el sangriento manejo de su país. Más allá de que últimamente había parecido moderar sus excesos, pocos extrañarán su partida.
La otra noticia removedora ocurrió algunos miles de kilómetros al norte de Libia, más precisamente en España, donde el grupo terrorista ETA anunció el "cese definitivo de su actividad armada". Se trata de un final casi anunciado, ya que los sucesivos golpes policiales, la cooperación internacional y, sobre todo, el rechazo de la sociedad española en general, y vasca en particular, hacia sus métodos, hacía tiempo ya que la había convertido en una entidad anacrónica y agonizante. Se pone fin así a más de cuatro décadas (casi lo mismo que duró el mandato de Gadafi) de sangre y terror que azotaron a España y en la cual asesinaron a más de 800 personas. Un flagelo que parecía destinado a nunca acabar. Sin embargo ETA está acabada. Igual que Gadafi. Y el mundo en el que hoy abrimos este diario será por ello otro muy diferente. Sin dudas, uno mejor.