La piel que habito
ficha
España 2011. Dirección: Pedro Almodóvar. Guión: Pedro Almodóvar sobre novela de Thierry Jonquet. Fotografía: José Luis Alcaine. Montaje: José Salcedo. Diseño de producción: Antxón Gómez. Música: Alberto Iglesias. Elenco: Antonio Banderas, Elena Anaya, Marisa Paredes, Jan Cornet, Blanca Suárez, Bárbara Lennie, Eduard Fernández, Roberto Álamo, José Luis Gómez, Fernando Cayo, Susi Sánchez, Agustín Almodóvar.
Esta historia de una retorcida venganza merecería una reseña de seis líneas si no estuviera escrita y dirigida por Pedro Almodóvar. Pero a veces lo malo de los realizadores aclamados es que reclaman más atención que el resto de sus colegas, incluso cuando se deja constancia de sus errores. Treinta años después de sus comienzos en cine y del revuelo que armó con el descaro de sus primeros trabajos, lo peor que puede ocurrirle a Almodóvar son dos cosas, ambas imperdonables. La primera es olvidar los beneficios que ha dado la picaresca a sus mejores películas, y la segunda es haber tomado demasiada conciencia del relieve internacional que alcanzó su nombre. En cualquiera de los dos casos, el resultado parece por el momento un suicidio artístico.
El tema cuenta como un eminente cirujano plástico (Antonio Banderas) experimenta con la piel artificial que ha desarrollado mediante procesos transgénicos. Lo hace sobre el cuerpo de una paciente (Elena Anaya) pero en secreto, porque esos métodos están prohibidos por la ley, de manera que solo cuenta con la complicidad de su vieja sirvienta (Marisa Paredes). Luego se sabrá que hubo dos muertes violentas en la familia del médico y que la paciente quirúrgica era en realidad un hombre al que Banderas cambió el sexo, pero también se descubre que la sirvienta es la madre biológica del dueño de casa y que ese científico termina enamorándose del transexual al que odiaba, antes de que otras muertes interfieran con ese idilio.
El material parecía servido en bandeja para un banquete almodovariano, con todos los platos de su menú habitual, pero lo desastroso es que el realizador se lo toma bastante en serio, aspirando probablemente a competir con David Cronenberg y ubicándose a medio camino entre Frankenstein y Pitanguy. Lo irreparable es que además el asunto está mal narrado, con retrocesos y avances en el tiempo que confunden todo sin agregar nada. Este talento intuitivo, dueño (cuando quiere) de un humor inconfundible, siempre fue desprolijo en sus relatos y a veces un poco rudimentario, pero eso formaba parte de su manejo de los esperpentos y hasta del partido que sabía sacar al mamarracho, que solía ser regocijante y en ocasiones perverso. Aquí ha perdido el tono, o ha perdido la puntería, o ha perdido la gracia, o ha perdido el sabor popular (o quizás ha perdido las cuatro cosas), por lo cual el saldo que obtiene es comparable a un culebrón mexicano. Eso se llama caer en la trampa que se debió satirizar.
El disparate personal de Almodóvar consiste en confundir estrellato con maestría, creyéndose apto para internarse en aguas más profundas que las de sus habituales parodias. Esas corrientes se le escapan de las manos porque su estética, que a pesar del descuido supo ser vistosa y divertida hasta conquistar fama, premios, admiración y fortuna, naufraga esta vez como no lo había hecho en toda su carrera. Pero al fin y al cabo él pertenece a esa clase de artistas cuyo perfil no surge solamente de sus hallazgos sino también de sus tropiezos, porque en este caso ambos son igualmente desvergonzados.