Procesado 1040

Afines de la década del cincuenta la Comedia Nacional iniciaba su XI temporada oficial con el estreno de una obra de Juan Carlos Patrón titulada "Procesado 1040" donde un entonces joven Walter Vidarte, que después triunfó en España, asumía el papel de "El Zorrito". Se trataba de un delincuente infanto juvenil que compartía la celda con otra figura consular de la Comedia -Héctor Cuore-, quien asumía el papel de un tranquilo ciudadano que fuera trasladado a la seccional policial por haber cortado la enredadera de un vecino que le había invadido las ventanas de su casa. Alrededor de esa sencilla anécdota, que Patrón manejó con inteligencia al impulso de su condición de abogado, docente y escritor -a la que agregaba la calidad de representante singular de su querido barrio Goes y del viejo Café Vaccaro- la obra teatral se transformó para los tranquilos habitantes de la época, en el espejo de una nueva realidad, convirtiendo a "El Zorrito" en el ejemplo -el mal ejemplo- de una juventud delincuente que había ido perdiendo hasta el nombre y en la cual se identificaban por sus apodos a sus integrantes.

El personaje teatral de Vidarte conservó el monopolio de esa característica durante muchos años hasta que fueron apareciendo otros personajes parecidos y reales que hoy se disputan su presentación en los informativos de televisión y en las secciones policiales de los diarios, siendo muy difícil, (además de innecesario), recordar los diferentes y a veces incomprensibles alias de los nuevos delincuentes que entran y salen de los juzgados, de los establecimientos del INAU y de las secciones policiales. Lo casual ayer, terminó convirtiéndose en normal.

Al mundo despersonalizado en el que nos ha correspondido vivir, debe agregarse la pérdida de valores a la que se ha visto enfrentada nuestra sociedad, en una desgracia nacional que casi todos reconocen pero que muy pocos se preocupan por corregir, dejando que con ellos sucumban no sólo el pasado histórico y el pasado de la Nación sino el pasado mismo de quienes contribuyeron a formarla. Y eso a través de ejemplos tan simples como el haber trasladado la celebración de los feriados nacionales o el haber eliminado la costumbre de cantar el himno nacional los días de fiesta patria, o tan cotidianos como el ofrecer el asiento en el ómnibus a una persona mayor o el levantarse en el salón de clase cuando entra un profesor. Una encuesta puso de manifiesto, hace algún tiempo, que muchos escolares e incluso liceales no conocían el texto del Himno Nacional y que llamados a cantarlo, con una ingenua picardía, disimulaban su ignorancia a través de un simple movimiento de labios.

Los inmigrantes, que hicieron grande este país, junto al atado de sus pocas pertenencias, vinieron siempre acompañados por su cultura y sus tradiciones en un intento de mantenerse unidos a lo que dejaron atrás, mientras que los propios uruguayos no han sabido o no se han preocupado por rescatar su propio pasado, desdibujado a través de cosas no tan menores como lo es su propia historia y no tan insignificantes, como el ir perdiendo sus lazos familiares y hasta sus propios nombres. Esa es otra imperceptible lección que nos sigue dejando la obra de Juan Carlos Patrón, e incluso su vida, volcada desde la Facultad de Derecho como un ejemplo para muchas generaciones de estudiantes y profesionales.

El gran desafío del bicentenario y la gran obligación que deben imponerse, tanto gobernantes como educadores, junto a las instituciones de servicio, superando el ruido y la multiplicidad de escenarios, se encuentra en recuperar la identidad nacional a través del rescate de los grandes valores perdidos, que fueron precisamente los que nos identificaron

La República Oriental del Uruguay no es sólo un nombre, es un sentimiento y ese sentimiento, por el cual entregaron su vida miles y miles de patriotas a lo largo de su historia, es el que aparece como más olvidado en el presente.

Hay que rescatarlo.

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