Banqueros y políticos

El Hoy Importa del 7 de octubre ("Lo de siempre") resume un análisis de la crisis europea con epicentro en Grecia en el que se menciona lo que vive España con un gobierno socialista. Desde allí Carlos Sánchez, en "El Confidencial" del 2 de octubre da una perspectiva con pretensión de llegar a conclusiones de alcance más generalizado en el mundo. Nos habla de la connivencia entre banqueros y políticos con virtualidad como para potenciar un cóctel de consecuencias no deseables para quien termina pagando los platos rotos: siempre la gente.

El enfoque es original. La exigencia de una "administración honesta" se ubica históricamente después de la Revolución Francesa. Antes, durante el antiguo régimen, la corrupción y el fraude eran asuntos cotidianos. Es en los Estados modernos, después de la Ilustración, en donde brota el interés en terminar con el fraude y ello en defensa propia, porque los Estados necesitaban dinero para financiar sus guerras y su aparato administrativo con tendencia a engordar.

La originalidad de la tesis la da su estribo en la ley de Wagner, de acuerdo con la cual el tamaño del Estado tiende a crecer a medida que prospera el nivel de vida de sus habitantes. Es común creer que la relación es al revés. Sin embargo, al hacerse las sociedades más complejas, las necesidades del gasto público son mayores, lo que incrementa el aparato estatal. En los países chicos, en donde falta casi todo, no hay demanda de bienes públicos por eso mismo. Lo grave entonces es que el peso del Estado agobie las economías, no que acompase su crecimiento. En España, en 1975 la renta per cápita representaba el 75% de la media en la eurozona, con un gasto público del 25%. En 2010, la renta pasó a ser el 101% de la media europea, pero allí mientras el gasto público representa un 50% -poco más que en España- los ingresos suponen el 44%, mucho más que el escuálido 35% español. La consecuencia es que el tamaño del Estado se hace insoportable. No tenemos los porcentajes en nuestro país, pero es evidente que opera el mismo proceso, porque el aumento del gasto público es lo que explica la avidez del Estado por recaudar.

Al no tenerse en cuenta la lógica de la ley de Wagner, el fraude comenzó a ser delito cuando atentando contra los intereses de la Corona, tenía un fuerte componente económico, pero no moral ni ético. Por ello el fraude se asocia con comportamientos pecuniarios. Es delincuente quien defrauda dinero, no quien con el engaño o la mentira capta artificiosamente el interés de la gente. De esa manera la corrupción se vuelve una patología política basada en el abuso de poder, cimentado en la pasividad cómplice de las autoridades de contralor. Allí está una de las causas determinantes de la crisis de Estados Unidos en 2008.

Los bancos alemanes y franceses, de fuerte exposición a la deuda griega, con retrasar la suspensión de pagos ganan tiempo, no renuevan el crédito a su vencimiento, venden bonos griegos al Banco Central europeo, y así socializan las pérdidas. También alemanes y franceses temen una suspensión en otros países, como España o Italia, cuyos bancos irresponsablemente han prestado dinero a gobiernos manirrotos.

Cuando un sistema financiero no es capaz de dar crédito, no cumple con su función económica y social. El crédito es la arteria por la que circula una economía. Entonces se hace imprescindible pinchar lo que queda de burbuja y depurar los activos llamados "tóxicos".

Entre nosotros, el sistema bancario tiende a expandirse en el crédito al consumo, a un consumo desenfrenado y hasta peligroso que también se apoya en una burbuja insuflada por una desproporción exagerada de la salud que se atribuye a una economía que no ha crecido por recursos de generación estable, sino en forma intermitente por razones de coyuntura. Esa complicidad entre el gobernante y el banquero -y ni que hablar de las cooperativas de crédito- existe, en estado embrionario si se compara con otros países, pero existe. Cuidado con dar la espalda a las experiencias del mundo.

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