La democracia no goza de buena salud en gran parte del mundo actual. Conserva exteriormente sus formalidades de división de poderes, legalidad vigente, pluripartidismo y puntualidad electoral, pero por dentro avanza una enfermedad cuyos síntomas son visibles. No se trata de una crisis cardíaca (excepto en el caso de golpes de Estado) ni de un cuadro oncológico (aunque sus lesiones a veces se multiplican como metástasis). Se trata más bien de un proceso de esclerosis, afección que debe entenderse como la rigidez o el embotamiento de las facultades.
Cuando el ciudadano observa el funcionamiento democrático, advierte por ejemplo que cada día es más evidente la tendencia de un partido de gobierno a embarcarse anticipadamente en la próxima campaña electoral. Una vez alcanzado el fin que se perseguía con la campaña anterior -es decir, la victoria en las urnas- parecería que el impaciente mecanismo político se pusiera nuevamente en marcha, como si la inquietud prioritaria no consistiera en gobernar sino en ajustar los engranajes para la siguiente confrontación, incluyendo el tanteo de las encuestas. Esa urgencia puede percibirse sin ir más lejos en el Uruguay, donde ya se habla de eventuales candidaturas cuando faltan 37 meses (unos 1.100 días) para los próximos comicios y donde a ciertas figuras se les restituye su protagonismo como parte de ese prematuro proyecto.
Pero el ciudadano de unos cuantos países también observa que el debate parlamentario suele estancarse indefinidamente en ciertos temas por razones que nada tienen que ver con el interés popular, aunque sí con el interés político, en otro ejemplo de ese círculo vicioso que sirve para detectar aquella sombra de esclerosis democrática y confirma de paso el embotamiento señalado, un término que alude a algo que se debilita al volverse menos dinámico y sobre todo menos efectivo. En la democracia esclerosada se confunde la fugacidad del gobierno con la permanencia del Estado, se confunde la conveniencia política con la partidaria, se confunde al pueblo con el electorado oficialista, se confunde al servicio público con las ventajas del poder, se confunde al antagonista con un enemigo, se confunde al brillo pasajero con el prestigio perdurable, se confunde a una estructura sindical con un centro de decisiones políticas.
En muchos puntos del mapa, el ciudadano comprueba que esa democracia envejecida va acostumbrándolo a contemplar el circuito del poder como un espectáculo ajeno a sus verdaderas aspiraciones y a sus necesidades apremiantes, un montaje que cada día parece estar más fuera de su alcance y donde en ocasiones los actores dan la espalda al público, que es esa ciudadanía. Algo así deben sentir por ejemplo los jóvenes indignados de España, Estados Unidos o Chile, las corrientes de opinión opositora de la Argentina, el electorado de Italia frente a la farándula berlusconiana o el pueblo de Venezuela ensordecido por la retórica chavista.
Y todo eso ocurre porque la verdadera democracia fue vaciándose del sentido que debió preservar, olvidándose en numerosos países de defender los dineros públicos y el bienestar de la gente contra una corrupción que ciertos gobiernos (irreprochablemente elegidos) a veces combaten a medias, otras veces ni siquiera combaten y en ocasiones favorecen o encubren. Mientras se producía ese vaciamiento de significados, invocando por ejemplo a una justicia que no siempre se cumple o a un reparto de riqueza más cosmético que recuperador, la opinión popular va desengañándose de las promesas incumplidas, las doctrinas huecas, el artificio de los discursos y la complejidad inútil de la maquinaria oficial. Por culpa de todo ello algunas cosas se olvidan y otras se postergan interminablemente, como sucede en el Uruguay con las calamidades de la enseñanza o el riesgo colectivo de la inseguridad. Al revisar en muchas latitudes ese panorama, el ciudadano de hoy tiene derecho a desconfiar de la definición que reciben en el diccionario algunos vocablos solemnes como democracia o política. Sabe que detrás de los carteles que exaltan esas palabras, va quedando mucho menos de lo que esperaba.