MATÍAS CASTRO
Pocas veces como esta un show en un país lejano llegó tan lejos. Se trata del concierto que Ricky Martin tenía planeado en Honduras para el próximo fin de semana, debatido hasta el hartazgo gracias a una solicitud de la iglesia evangélica del país al presidente para que le impidiera ejecutarlo. La razón era que lo consideran un mal ejemplo para la familia.
No es la primera vez que se levantan críticas contra Ricky Martin desde que anunció al mundo su homosexualidad. Pero es la primera vez que una crítica a su show llega tan lejos. El presidente de Honduras finalmente autorizó el concierto pero con la salvedad de que está prohibido para menores de quince años.
A diferencia de lo que ocurre con otros artistas homosexuales, Ricky Martin convirtió su historia personal en un espectáculo de música pop. Lo que hace en escena es un gran llamado a la tolerancia y a combatir la discriminación, mezclando el entretenimiento más liviano con una causa ciertamente compartible. Y en eso su propuesta es única y por ello, como es lógico, también blanco de críticas.
Lo interesante en todo este asunto es ver como figuras públicas del mundo del entretenimiento, vinculadas a la diversión pasatista y al brillo sin contenido, terminan disparando fuertes debates sociales. ¿Será entonces que lo de ellos es realmente entretenimiento sin contenido? Tal vez valga la pena a veces mirar estas cuestiones con un poco más de detalle y cabeza fría. Después de todo, estamos en tiempos en que el modisto Roberto Piazza logró impulsar una ley sobre el abuso a menores, inspirado sobre todo en lo que vivió en su infancia. Son tiempos en que una estrella del teatro puede ser un travesti, casado con un hombre y con dos hijos o que un cantante puede convertir su historia de aceptación de su sexualidad en un espectáculo y un disco que vende millones.
No todas las polémicas que se instalan desde la farándula tienen que ver con la sexualidad, pero lo cierto es que es bueno que desde allí surja algo de debate.