Fortalecer la democracia

La semana pasada circuló un inteligente comentario del The New York Times titulado "Los jóvenes del mundo pierden su fe en las urnas" donde se analizaban las movilizaciones que tienen lugar desde el Sur de Asia hasta el corazón de Europa, que incluso han llegado a sacudir a Wall Street, a través de esa nueva clase de los "indignados", relativamente diferentes por tener causas distintas a los que ya habían enfrentado los gobiernos autoritarios de Túnez, Egipto y Libia. Luego de recordar el caso de una activista india quien manifestó: "Nosotros elegimos a los representantes del pueblo para que ellos puedan resolver nuestros problemas", se agregan los comentarios de un profesor de Harvard señalando que existen en el mundo jóvenes de entre 20 y 30 años que están acostumbrados a organizarse por si mismos y que rechazan las estructuras convencionales como los partidos políticos, llegando hasta reivindicar el presunto mérito de ser la primer generación del mundo moderno en decir que el voto no sirve para nada.

Llama la atención la aparente indiferencia con que esos comentarios y la reiteración de aquellos hechos estén circulando en la opinión pública sin tomarse, en los países que se mantienen ajenos, las medidas para prevenirlos, de la misma manera que preocupa el justificado temor -ante esa vieja costumbre imitativa de los jóvenes- de que un día puedan golpear también entre nosotros sin haber tomado conciencia de la necesidad de anticiparse para evitarlos a través de la educación.

En la década del ochenta se discrepó desde esta página con ese gran filósofo del siglo XX que fue Jean Francois Revel cuando dijo en su libro "Cómo terminan las democracias" que la democracia "está menos amenazada que nunca desde el interior ; lo está mas que nunca desde el exterior", recordando por nuestra parte que era cierto sí, que el enemigo mayor de las democracias se encontraba fuera de los mismos regímenes (era la época de la fiebre comunista y de los estertores marxistas) pero eso no impedía reconocer que también una amenaza grave se encontraba dentro de ellas como, lamentablemente, lo confirmaron hechos posteriores que, en el caso de Uruguay, fueron desde la guerrilla tupamara hasta el desborde de los militares.

Los políticos y los dirigentes de hoy de los partidos democráticos tienen, por lo tanto, la obligación de evitar que ocurran hechos como aquellos que se mencionan o que prosperen ideologías totalitarias, ya que no existe mejor forma de regular las relaciones políticas, e incluso las discrepancias, que a través de la democracia -y los jóvenes de hoy han sido beneficiarios de esa verdad-, no existe otra forma legítima de manifestarse para la renovación de titulares que a través del voto.

Los protagonistas de hoy y para el futuro, son los jóvenes y a ellos deben dirigirse los que antes fueron jóvenes, los que se alzaron, con su entusiasmo y su valor ante los que la violaron, y que tiene ahora la obligación ineludible de trasmitir la misma fe que los impulsara. Muchos pueden estar desanimados incluso por el fracaso de la gestión cumplida por el Frente Amplio a lo largo de más de veinte años, al cual tal vez acudieron buscando una respuesta que se frustró indiscutiblemente, pero ello no debe trasladarse a todo el sistema ni provocar una falsa generalización que no corresponde. Incluso el derecho a equivocarse, el reconocerlo y el tratar de corregirlo es una actitud democrática. Pero siempre a través del voto y manteniendo la confianza en las llamadas peyorativamente estructuras convencionales. Ni la historia ha terminado ni la democracia ha fracasado; lo que corresponde es que esta generación escriba su propia historia y que los dirigentes los ayuden a escribirla, respetando la libertad de cada uno y sin aceptar los mecanismos prepotentes de quienes no les permiten ejercer la libertad de pensar por si mismos. Democracia, libertad y voto siguen conformando el trípode de los tiempos por venir y en prepararlos para esa múltiple tarea se encuentran obligados hoy políticos y dirigentes.

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