La boda del Duque de Euros

Desde que la televisión española anunció que trasmitiría todos los detalles (menos los del descanso nocturno) de la boda de la Duquesa de Alba con un funcionario de la Seguridad Social -que se aseguró por el resto de su existencia- me soldé al receptor de Tv. No ocurre a menudo que una venerable dama de 85 años (y por casa, ¿cómo andamos?) contraiga matrimonio con un hombre de un cuarto de siglo menor: y mucho menos frecuente es, aún, que los flamantes cónyuges proyecten una luna de miel en Tailandia; será porque allí hay hoteles especiales para parejas desparejas, a quienes se recibe con sendas mesitas de luz, en una de las cuales se ofrece un habano (la doncella del caso no fuma) y, en la otra, una fracaso de linimento, qué sí usa.

La Sra. Cayetana Fitz-James Stuart tiene un prontuario de desposada, que revela el poder de su cuenta bancaria: la primera vez, se casó en 1947 con el aristócrata Luis Martínez de Irujo, por elección paterna. Posteriormente, luego de soportar heroicamente casi tres décadas de viudez, aterrizó en la playa de Jesús Aguirre, un ex cura que creyó encontrar en ella una cura, tras padecer una crisis sacerdotal, pero no de fe. Finalmente y por tercera vez, visitó las oficinas del Registro Civil para unir su nombre, sus títulos y una parte de su riqueza -desguasada poco tiempo atrás por sus hijos- al del caballero español Don Alfonso Díez Garabantes. Si se animaba a dar ese paso a los 85 años, había que suponer que se sentiría, por lo menos, como a los 84: pero, en la sucesión de imágenes me desilusionó: en una, apareció en una sillita de ruedas que, se aclaró debidamente, debió usar por un tiempo tras una intervención quirúrgica. Al llegar a esa revelación, la trasmisión tomó un desarrollo un tanto desordenado: los locutores del Noticioso pasaron a enterar a la audiencia de los cambios en los precios de frutas y verduras que, al parecer, se tornan pesados para la población, denunciados por un jubilado que no duerme por culpa de la suba de las mandarinas. Poco después llegaba, transitando muy elegantona, la madrina de la boda, una mujer muy alta vestida de rojo del piso al techo, que quedaba monísima, como una alfombra parada: la flanqueaban dos diseñadores que, al término del acto, saldrían disparando en busca de un par de caretas con el rostro de la duquesa, que se habían agotado en una tienda de souvenirs de Triana. Asomaron de pronto los pescados, orgullosos por su cotización en alza en la Bolsa... del Supermercado. Fue en ese momento que el coordinador de cámaras se acordó de la duquesa, y la repuso en pantalla: la sorprendió bailando por peteneras, como buena sevillana que es. Dos andaluces presenciaban la escena: uno, eufórico, le pedía a su compañero: "¡Mira! Mira cómo la maja baila por peteneras... Respondió el otro, no tan entusiasmado: "¡Ya, ya!... Estoy mirándola, y también veo al novio bailando por billeteras.

¡Qué malpensado el chulo!

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