El brillante torneo entre un pintor y un poeta

Muestra. Pinturas de Badaró inspiradas en Borges pueden verse en la Alianza Francesa

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JORGE ABBONDANZA

En la sala de exposiciones de la Alianza Francesa (Bulevar Artigas 1229) puede verse la muestra de pintura de Enrique Badaró, inspirada por dos cuentos ("El congreso", "El Sur") de Jorge Luis Borges.

El desafío no era sencillo, porque tomar como referencia algunos cuentos de Borges impone al pintor un punto de partida donde las bellezas de lenguaje son un dato tan ineludible que dominan abrumadoramente la relación entre el texto y la imagen. Pero Enrique Badaró, que pertenece al escaso linaje de los plásticos inteligentes, encuentra los caminos para tender ese lazo con el narrador. Uno de ellos, quizás el de significado más oculto, son los chorros por donde la pintura corre en estas obras con aparente libertad. Porque (eso lo saben quienes están habituados a escribir para que los lean otros) el drenaje de la materia que fluye a través de los trabajos de Badaró se parece mucho al flujo igualmente libre con que el escritor puede dejar que circulen las palabras a lo largo de una frase, como si no pasaran por el filtro de un cálculo expresivo sino que dependieran solamente del impulso de la mano. Esa sensación, que es engañosa y también indefinible, reaparece ante el dinámico chorreado de estas piezas y las vincula secretamente con ese mecanismo que opera en la intimidad de la escritura, sobre todo con la de un poeta en cuya prosa el deslumbrante curso del estilo también parece gotear solo, sin que se interponga el esmero de un plan ni el beneficio de una técnica, sino apenas una fuerza natural que el autor libera como si le permitiera simplemente levantar vuelo.

SUCESIONES. Pero las obras de Badaró, que funcionan como ilustraciones enmascaradas de los textos que las pusieron en marcha, obligan a marcar un límite ante esa aproximación borgiana, por más oblicua o metafórica que sea. Porque corresponde estimarlas como lo que son, realizaciones autónomas cuyo interés se ubica por cierto más allá de toda referencia externa o de cualquier trasluz literario. La pintura de Badaró siempre ha tenido un vigor singularísimo, no sólo por el estampado de las manchas sino además por el resplandeciente uso del color. En este caso, lo que muestra en la Alianza Francesa es un limitado número de piezas de grandes dimensiones cuyo cromatismo es una sucesión de impactos donde la nota dominante puede ser el rojo, el amarillo o el blanco, aplicado como llamaradas.

En esas superficies los brochazos pueden tener una turbulencia a menudo violenta y a veces insolente. En ella se insinúan figuras que en ocasiones parecen disolverse sobre el fondo, y hay sutiles rayados que cumplen una función caligráfica, aunque se trata de espacios también poblados por otras presencias (pequeños animales, rostros monumentales) que pueden reducirse a algunos trazos, a un recorte de papel o hasta convertirse en máscaras de tierra que emergen del plano. Pero lo que preside la serie es ante todo el poderío de la formulación donde -para bien o para mal- el pintor se divorcia de la modalidad borgiana, de su delicada trama y de la elegante esgrima de palabras. La embestida pictórica de Badaró es de otra naturaleza y estalla no solamente en sus espesores de materia, envueltos en letreros, salpicaduras y variadas texturas, sino asimismo en el enorme paño coloreado que atraviesa la sala como ejercicio mayor entre todos los gestos de este expresionista avasallante.

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