El censo y el país de hoy

El objetivo que busca un estado al realizar un censo nacional es saber cómo vive su población, algo así como tomarle la temperatura a una sociedad en un momento determinado. Cuando aún parece faltar bastante para completar el censo 2011, los síntomas que están surgiendo de la sociedad uruguaya son inquietantes. La nota publicada el domingo por El País es elocuente al respecto.

Lo primero que surge de las historias narradas por los censistas es que la "sensación térmica" de inseguridad entre la sociedad uruguaya ha llegado a niveles inéditos. Historias como la del funcionario a quien un entrevistado lo atendió con un revólver arriba de la mesa, o la de la joven que debió ingresar a una boca de pasta base a realizar su encuesta, revelan la realidad descarnada del Uruguay de hoy. Algo confirmado por el hecho de que todos los trabajadores del INE afirman que la desconfianza y el miedo a los robos llevan a que la mayoría de la gente no los quiera atender o lo haga fuera de sus casas o a través de rejas. Un episodio elocuente sobre esta nueva realidad, de la que cada vez es más ri- dículo culpar al informativo de canal 4 o a las páginas editoriales de algún diario, es el de la censista que tras ingresar inadvertidamente a un centro de venta de drogas, en la casa vecina encuentra a una pareja de policías que le advierten sobre lo temerario de su acción. Sí estimado lector, los vecinos de los traficantes ¡eran policías!

Otro aspecto que resalta es la desconfianza hacia la autoridad que expresan los ciudadanos, y la obsesión por resguardar su intimidad. Algo si se quiere natural, pero que nunca se había visto llegar hasta el nivel que se da por estas fechas. Un encuestador relata que fue tomado a golpes de puño por un entrevistado "por las preguntas desubicadas que hizo". Es revelador lo expresado por varios entrevistados en el sentido de que temían que sus datos sirvieran para que el gobierno los afectara con mayores impuestos. Una mujer, que al parecer atendió de forma muy educada al censista llegó a admitir que estaba mintiendo porque "si no después te matan con los impuestos". "No les interesa qué tengo y qué no en mi casa, porque lo que tengo lo hice rompiéndome el lomo trabajando", habría dicho.

Alguno podrá acusar a la gente de estar desarrollando un grado importante de paranoia. Pero cuando se ve que la DGI amenaza a colegios y clubes para que aporten información de sus clientes, o que ese organismo piensa utilizar satélites para su tarea, empieza a tener más consideración por la reacción popular.

Pero uno de los aspectos más ilustrativos de la marcha del censo no es acerca de la vida de la sociedad uruguaya del siglo XXI, sino sobre la desorganización que cunde en el gobierno actual. Ya nadie discute que estamos ante un episodio de caos organizacional como pocas veces se ha visto, en el que la actividad que debería haberse cumplido en un mes, va a tomar al menos dos, y sin que haya garantías de que alcance. Los censistas revelan un panorama desolador en el que, por ejemplo, los propietarios de locales comerciales no conocen lo que deben informar, los empleados del INE no reciben asesoramiento básico sobre su tarea, son enviados a "zonas rojas" sin apoyo, y hasta tienen problemas para liquidar sus salarios, lo que ha llevado a que muchos renuncien a su función.

Cuando uno ve lo que sucede, por ejemplo, con los fondos en la salud pública, es claro que el desmadre excede en mucho al pobre Instituto de Estadística.

A esta altura es poco lo que cabe esperar en materia de resultados de este censo. Mal organizado, mal ejecutado, y con la comprobación fehaciente de que un número importante de ciudadanos miente descaradamente por no confiar en las autoridades, sus datos difícilmente reflejen la realidad de la sociedad uruguaya de hoy. Y no es que se ataque desde aquí la herramienta, como de seguro se argumentará desde ese fascismo bien pensante que fructifica en varios medios oficialistas. Sucede que cuando hay evidencias tan abrumadoras sobre el recelo y la desconfianza de la población hacia la autoridad, es ridículo pretender ignorarlo. Al menos en eso, este triste episodio del censo 2011 aporta información tan definitiva como ineludible.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar