A principios de año, las desavenencias entre el titular de Economía, Fernando Lorenzo y su subsecretario, Pedro Buonomo habían llegado a una etapa de muy difícil convivencia (o profundas divergencias) que llevó a este último a presentar su renuncia. La intervención personal del Presidente Mujica logró desactivar la mini crisis de gabinete, Buonomo siguió en su cargo y el Presidente aventuró una línea de conducción en el Ejecutivo tan original como fácilmente olvidada: si un ministro o un subsecretario renuncia o es relevado, su compañero de equipo también será sustituido. "Yo no concibo cambiar un ministro sin cambiar un subsecretario y no concibo cambiar al subsecretario sin cambiar al ministro. Para mí es una realidad de equipo y cuando se está al frente de un equipo hay que procurar que el equipo funcione, punto", aseguró Mujica a El Espectador.
Pasaron unos meses y Buonomo finalmente renunció, mientras Lorenzo siguió en su cargo. No tenemos claro si fue porque el "zurcido" falló o porque Mujica había pergeñado en ese interín una nueva idea -nos inclinamos por esta segunda opción- para contrarrestar el absolutismo del manejo de la Economía que tenían en ese entonces el vicepresidente de la República y su equipo integrado por el ministro y el presidente del Banco Central, Mario Bergara.
Buonomo -un economista doctorado en Harvard alistado en las filas del MPP- era el candidato preferido de José Mujica para ocupar la cartera de Economía, aunque debió ceder en sus pretensiones por el compromiso electoral asumido con Astori, fue designado entonces como asesor presidencial. En tándem con el director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, Gabriel Frugoni (MPP) y el asesoramiento jurídico del secretario de la Presidencia, Dr. Alberto Breccia, han formado una réplica en las sombras del Ministerio de Economía y han salido a pelearle el protagonismo al equipo del vicepresidente Astori. Mujica volvió a olvidarse (?) de sus palabras y promesas de campaña y decidió quitarle, o discutirle, a su compañero de fórmula el manejo la Economía.
El primer round, el impuesto a la tierra, les fue ampliamente favorable. La línea ortodoxa de respeto a los compromisos hechos públicos dos veces en el Conrad y de mantener una política tributaria coherente para no afectar la credibilidad, fue arrasada por el componente ideológico de un gravamen caprichoso, mientras una cuidadosa ingeniería impositiva armada por el astorismo para gravar la renta y no la propiedad, fue a parar a la papelera. No le llevaron nada, pero lo obligaron a defender lo que no compartía. Una señal muy clara de que los tiempos en Economía habían cambiado.
El segundo round ha comenzado. Otra vez el propio Astori ha jugado su prestigio al asumir personalmente la explicación de los cambios que se proyectan desde el ministerio en materia impositiva, que incluyen modificaciones del IRPF y una rebaja del IVA. Pero desde Presidencia la respuesta fue bastante fría: el tema se va a estudiar, porque no ha tenido ninguna intervención la OPP (Frugoni) y menos aún, el asesor presidencial en materia económica (Buonomo).
Esta dualidad en la conducción económica es bastante alarmante. No es serio -y no le hace nada bien al país- que se generen incertidumbres sobre los responsables en esta materia o que se elijan caminos contrarios a la opinión de los titulares. Una conducción así no es transparente y, además es una pésima señal para los ciudadanos y para los inversores por las dudas que genera. Se pierde credibilidad, las certezas se transforman en simple timba y, en esa disyuntiva, lo aconsejable puede ser que se busquen otros horizontes. Para peor, los últimos datos sobre la economía nacional ponen una luz de alerta, porque el crecimiento a niveles "chinos" se ha desacelerado notoriamente al comienzo del segundo semestre del año y alcanzó una cadencia casi "venezolana".
Parece absurdo que el gobierno aliente una batalla ideológica dentro de su política económica; es una apuesta riesgosa en un terreno peligroso. Obligar a que laude el Parlamento en la interna frentista va a generar que exista un ala de vencedores y otra de vencidos. No es bueno.