Mal ejemplo

El capitalismo no tiene partido político. No existe en ninguna parte del mundo un sector electoral que defienda abiertamente esta forma de organización económica. Por otro lado, no hay nación del planeta donde no existan fuerzas que impulsen el ideario socialista de producción y distribución de la riqueza. Y sin embargo el 99,9% de los países tienen una organización capitalista, y los pocos que han ensayado con alguna utopía socialista, solo han llevado miseria y retraso a sus pueblos. ¿Por qué sucede esto?

Los argumentos para explicar este fenómeno serían interminables. Pero más interesante que eso es la comprobación de que en materia económica y social hay determinadas reglas o leyes que están por encima de los intentos humanos por cambiarlas. Y que no reconocer esto termina generando situaciones aun más injustas que las que puede causar el capitalismo más salvaje. Veamos un caso reciente.

Desde que Hernandarias introdujo el ganado en el país, las vaquitas han sido la principal fuente de riqueza del Uruguay, y de una forma u otra han sido el sostén del imperfecto estado de bienestar del que se han jactado los políticos de distintas eras. Pero desde hace algún tiempo la ganadería nacional ha sufrido varios golpes, como ser la competencia de sectores nuevos como la agricultura o la forestación, una sequía durísima, y políticas estatales encabezadas por jerarcas que o no conocen del tema, o tienen una visión anticuada y negativa de esta actividad.

Ello ha generado una crisis en la industria frigorífica, ya que en su momento ésta realizó enormes inversiones que hoy no tienen materia prima para canalizar. Por ejemplo esa industria está capacitada para faenar unos 3 millones de animales por año, pero debido a la caída del rodeo por las causas mencionadas, este año solo se faenarán 2,1 millones de animales. La consecuencia: frigoríficos que cierran, otros que envían cientos de personas al seguro de paro, y el resto que vive en permanente estado de conflicto.

En medio de este panorama, al presidente Mujica (cuyo sector ha dirigido la cartera de ganadería durante casi 7 años) se le ocurre imponer un nuevo impuesto a la tierra, que supuestamente alcanzaría a los grandes "latifundios". La realidad es que ese impuesto no va a afectar a los inmensos predios destinados a la forestación, ya que suelen estar en manos de empresas que cuentan con beneficios impositivos, ni a la agricultura, porque la forma de trabajo de este sector se basa en el arrendamiento. ¿Quiénes serán entonces los que paguen el pato? Los ganaderos, especialmente de las zonas con tierras menos productivas, en las que para ser económicamente viable hay que tener escalas de explotación mayores. La consecuencia de este fenómeno entonces será la de desalentar al sector que más está necesitando estímulos, si se quiere que reinvierta en forma masiva para poder aumentar la cantidad de animales en el campo, que permitan tener una industria frigorífica saludable y pujante. E indirectamente se beneficia a sus principales competidores en la lucha por campos productivos.

Se trata de un ejemplo bien claro de lo que pasa cuando se busca desde el Estado obtener determinados resultados sin entender ni respetar las leyes del mercado o del capitalismo, y lo que se logra es el efecto contrario. Algo similar a lo que está sucediendo con el tema de la escasez de médicos en el área rural, situación a la que las palabras del presidente Mujica, agrediendo y sugiriendo que se les exigiría trabajo voluntario, difícilmente estimule a que más gente elija esa carrera. Y a lo que seguramente tampoco ayuda que se aumente las tasas impositivas que afectan a los profesionales universitarios, como está sucediendo.

Lo que pasa es que más allá de si nos gusta o no, hay determinadas reglas que pautan el funcionamiento de la economía, de los mercados, del capitalismo, que no piden permiso ni comprensión de los seres humanos. Son así y listo. E ignorarlas o pretender reemplazarlas por un voluntarismo liviano lleno de buenas intenciones, solo suele traer aparejadas consecuencias negativas y contraproducentes.

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