Tarde o temprano los muros presentan grietas que son el signo de su vetustez o su deterioro. Eso ocurre en las edificaciones, pero también sucede en los sistemas políticos cuando los indicios de envejecimiento aparecen, por ejemplo, en una dictadura. Pasó cuando la derrota militar hizo pedazos las estructuras del fascismo italiano, agrietándolo hasta la calamidad final. Pasó cuando la estrategia de la Guerra Fría impuso al franquismo español la tutela norteamericana, aflojando la tenaza del régimen. Pasó cuando el descalabro económico resquebrajó el peronismo argentino determinando su caída en 1955.
Las grietas aparecen de vez en cuando en otros regímenes totalitarios, confirmando el viejo principio de que (como tantas cosas de este mundo) el ejercicio del poder está destinado a envejecer y morir. Se trata de una ley tan natural como el curso de las edades del hombre, donde hay una juventud que puede ser impetuosa, una madurez que a veces equivale a la plenitud y una vejez que anuncia el fin del proceso. En el caso de la cincuentona revolución cubana, el muro que ha servido de sostén al nepotismo de la estirpe castrista, muestra algunas grietas que deberían preocupar a los constructores del bastión político, 52 años y 8 meses después de la edificación de esa pared.
Porque el cantautor cubano Pablo Milanés, que reivindica sus "53 años de militancia revolucionaria", declaró el martes 30 de agosto "sentir vergüenza e indignación ante el maltrato al que son sometidas en La Habana las Damas de Blanco", grupo de esposas y madres de presos políticos que suele marchar por las calles de la capital cubana. Formuló esas observaciones en diarios de Miami, una ciudad en la que cantó por primera vez el sábado 27 de agosto, ocasión en la que pidió a un público formado por cubanos exiliados, que "vayamos por el camino de las libertades individuales, que tenemos que rescatar". Pidió asimismo "tener el valor de denunciar en Cuba lo malo que se vea y no callar como cómplices del silencio", que es el caso de "miles de periodistas cubanos que viven en la isla", según agregó.
Poco antes, el veterano realizador cinematográfico Alfredo Guerra, un hombre de 85 años, coetáneo y amigo personal de Fidel Castro, denunció "la paralizante burocracia del aparato estatal cubano", que según él entorpece todo intento de llegar a la verdad de muchos pronunciamientos sobre la realidad del país y declaró que "no van a producirse cambios mientras todo lo administre una burocracia disparatada e ineficiente", convencido de que "hay que destruir ese aparataje descomunal que ha decomisado a la sociedad". Lo notable es que en ambos casos las críticas provienen de notabilidades que han dado múltiples pruebas de respeto por el régimen, aunque sus reparos reflejan la discrepancia con ciertos aspectos inaceptables del funcionamiento administrativo y político del sistema, incluida la censura, incluida la intolerancia, incluida la represión de disidentes.
El hecho, novedoso y revelador, de que algunas figuras de primer orden aliadas del gobierno efectúen públicamente pronunciamientos de ese tenor, es otro síntoma de que el muro está rajándose con las filtraciones del coraje verbal y de la búsqueda de la libertad de expresión, como prueba de que el silencio colectivo va quebrándose cuando la franqueza empieza a conquistar los espacios de una obediencia monolítica, que suele ser la actitud impuesta por ciertos centros de poder. Si a las reclamaciones de Milanés y Guerra se suman los alegatos "online" de la bloguera Yoani Sánchez (que también vive en La Habana, donde escribe y lucha) se obtiene el cuadro de una sociedad en vías de soltarse del viejo aislamiento de una mentalidad política que pasó a la historia. La Cuba de hoy, donde ya hay acceso a computadoras y celulares, donde ya pueden comprarse y venderse inmuebles, es el principio del fin de un régimen cerrado que embalsamó su doctrina durante medio siglo. Por las nuevas grietas del muro está empezando a pasar el aire.