Ministros desacatados

Antonio Mercader

José Mujica pasará a la historia como el presidente más tolerante con sus ministros ya que permite que lo contradigan públicamente y continúen en sus cargos. El último en hacerlo fue el de Educación y Cultura, Ricardo Ehrlich, quien el pasado fin de semana dijo que "no es viable" crear una nueva universidad horas después que su jefe, con voz ilusionada, anunciara el proyecto de instalar una "universidad pública en la región Suroeste".

Es tan habitual el contrapunto entre Mujica y sus ministros que lo de Ehrlich pasó casi desapercibido. Los antecedentes de esos escarceos son lejanos pues aún antes de integrar su gabinete el presidente resultó desafiado por un candidato a ministro. Fue el caso de Ernesto Agazzi, nominado por Mujica como futuro ministro de Educación, quien salió a rechazar su nombramiento alegando que era una propuesta "absurda" pues él no tenía las condiciones ni interés alguno por cumplir tal función.

Hoy, la discusión en torno al impuesto a la tierra refresca esa propensión ministerial al desacato. Mujica no había terminado de delinear la forma del nuevo tributo cuando tres de sus ministros, Fernando Lorenzo (Economía), Tabaré Aguerre (Ganadería) y Enrique Pintado (Transporte y Obras Públicas) hablaban de presentar "un diseño alternativo" al proyecto presidencial. Y la pugna prosigue tan campante.

"Un día me van a pedir que me vaya", se quejó Mujica durante un debate sobre el impuesto a la tierra en una sesión del "gabinete productivo". Si bien eso debió sonar como un aviso para los disidentes, ninguna cabeza rodó por los suelos. Ninguna, salvo la de Ana Vignoli, la ministra comunista de Desarrollo Social, pero por un asunto distinto: por descuidar la atención a los indigentes una vez entrado el invierno.

En cambio, la otra ministra, Graciela Muslera, alcanzó a sobrevivir al mando de la cartera de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente, después de oponerse a la idea presidencial de vender los arenales de Cabo Polonio para reforzar las finanzas del Instituto de Colonización. "Son arenales que sólo sirven para lagartear", justificó Mujica sin éxito ante una ministra que lapidó la iniciativa de su jefe con tres palabras: "no es viable".

Hasta Héctor Lescano, el afable ministro de Turismo, y único miembro del gabinete de Vázquez que resultó confirmado por Mujica, tuvo sus cruces con el titular del Poder Ejecutivo. Interrogado por su ausencia en las reuniones del presidente con delegados de la empresa Tenfield y los clubes de fútbol, expresó su "discrepancia" con esa costumbre que generaba, dijo, "una situación que no es cómoda para mí".

No hay duda que el talante condescendiente de Mujica explica su paciencia ante los ministros discrepantes. Un talante cultivado probablemente en sus años tupamaros cuando ni siquiera Raúl Sendic mandaba en el MLN y las decisiones de los jefes solían criticarse en discusión abierta. Pero la Presidencia de la República no es el MLN sino algo diferente ya que su eficacia se basa en el principio de autoridad. Si los ministros no acatan esa autoridad ¿qué se puede esperar de los de abajo?

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