Recuerdo de un país

JORGE ABBONDANZA

Dicen los últimos informes que en la ex Yugoslavia crece la nostalgia por los tiempos del mariscal Tito, que gobernó desde 1945 hasta su muerte en 1980. Las fotos del líder cuelgan en cafés y restaurantes de las seis repúblicas que nacieron del desmantelamiento yugoslavo hace diez años (Eslovenia, Croacia, Serbia, Bosnia, Montenegro, Macedonia) estabilizadas luego de dos guerras internas que castigaron la zona en la década del 90. La nostalgia por el pasado no debe extrañar si se recuerda la sangre que corrió por Sarajevo y Kosovo hace pocos años, como reverso del largo período de paz que Tito había asegurado al país. Ese presidente vitalicio era un comunista atípico, capaz de mantenerse independiente de la política soviética y dar a Yugoslavia un perfil propio.

Sin embargo, para entender el descalabro yugoslavo hay que retroceder más en el tiempo. Porque esa federación no existía antes de 1919, cuando los tratados que pusieron fin a la Primera Guerra Mundial retocaron desastrosamente el mapa de Europa. Se aisló a Prusia de Alemania con el "corredor polaco" que Hitler sabría aprovechar veinte años después, y se desintegró el Imperio Austro-Húngaro sin pensar que así se perdía un viejo factor de equilibrio en Europa central. Se cometieron otros desatinos geográficos, mientras se inventaban países nuevos entre los cuales figuraron Checoslovaquia y Yugoslavia, destinados a avivar la fogata de la Segunda Guerra Mundial y a desaparecer medio siglo más tarde.

En 1945, al finalizar ese otro conflicto, volvieron a modificarse los límites y Yugoslavia recibió un retazo de Italia, entre otros recortes dispuestos por los vencedores. Pero mucha gente solo tiene nociones difusas de historia y geografía, de manera que no es capaz de reconstruir un pasado en el que radica la explicación de los problemas actuales. Uno de esos pasados azarosos es el yugoslavo, que durante buena parte del siglo XX fue un mosaico inestable que por fin estalló en pedazos. Las consecuencias de tanto barquinazo están a la vista y demuestran que no basta con añorar a Tito. La raíz de la nostalgia es mucho más profunda y no remite a un solo individuo sino a muchos que también fueron responsables del cambiante rompecabezas europeo y -sin querer- del sentimiento con que ahora se miran las fotos del mariscal en la pared de tantos boliches balcánicos.

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