RODOLFO SIENRA ROOSEN
Traten otros del gobierno, del mundo y sus monarquías, mientras gobiernan mis días mantequillas y pan tierno, y en las mañanas de invierno naranjada y aguardiente… ¡ y ríase la gente!"
Se le atribuye a Luis de Góngora y Argote (1561-1627) quien al componer la poesía parecería estar ubicando en el Uruguay de hoy al portador de la tarjeta de crédito, porque tener una o un par de ellas que se regalan como estampitas en los bautismos, da "estatus".
Nuestra insistencia no es lanzada a moro muerto. Es que no entendemos la coherencia de la política del equipo económico -si la tiene- y nos referimos al que lidera Astori, no al que asesora al Presidente. Aún dejando de lado el sopetón del salto del dólar, la caída de los bonos, y la suba del riesgo país que nos sacudió hace unos días, lo cierto es que la estrategia aconsejable, la sana, la económicamente correcta frente a los nubarrones de inflación que se ven en lontananza, es la de restringir el consumo. Pues no, por todos los correos circulan a diario, miles tarjetas de crédito, el instrumento de mayor expansión consumista y llegan a destino prolijamente ensobradas a los felices destinatarios de las mismas.
Algunos, saturados, las devuelven, pero la mayoría sigue detalladamente las instrucciones para activarla y sentirse realizados. Entonces salen a comprar objetos que nunca comprarían si no las tuvieran, y así consumen y se endeudan.
Hay, según el Banco Central, más de dos millones de plásticos en el país con los que se opera por doscientos cuarenta millones de dólares al mes. La idea es seguir estimulando el uso de las tarjetas de crédito y de débito, incrementar el consumo con miras a la bancarización, o sea el acceso a más servicios financieros.
Sea que se compre en un pago o en cuotas aprovechando promociones, de todas maneras la tarjeta es un disparador del consumo. Y las financiaciones en moneda nacional o extranjera con intereses son caras, tanto que se estudian regulaciones.
Las estadísticas del endeudamiento no se publican. Y las tarjetas -entre sus innegables virtudes usadas con prudencia- tienen un inconveniente cierto y otro eventual. El primero, es que llegado al resumen, hay que pagar o refinanciar con intereses altos, lo que supone pagar deuda con más deuda, que es lo que hace el gobierno con la deuda pública. El segundo es el riesgo no solo de la devaluación para el crédito en dólares (el Centro de Investigaciones Económicas, CIES anuncia un dólar de cierre del año de $ 20.80) sino el de la inflación en todos los casos.
Al fomentar así el consumo el gobierno busca una carambola a dos bandas. Mantiene en la cresta de la ola el optimismo de la gente haciéndola creer en la felicidad eterna -es "el ande yo caliente y ríase la gente"- y por la bancarización registra todo lo que necesita para saber cuánto gasta y cómo vive cada uno, no sea cosa que evada impuestos.
Circo y policía al mismo tiempo. La apuesta es a evitar la calentura en serio antes de las elecciones, porque sino...