Antonio Mercader
En esta noche de la nostalgia, punto de partida de lo que parece ser una severa campaña contra el alcoholismo, si alguien me preguntara qué es lo que me pone más nostálgico contestaría sin dudarlo que añoro un Uruguay sin rejas en las casas y una Montevideo más limpia. Por supuesto, echo de menos otras cosas, pero esas son las primeras que me vendrían a la cabeza y sospecho que muchos coincidirán conmigo.
No creo que por regla general cualquiera tiempo pasado haya sido mejor, al decir de Jorge Manrique. En ciertas cosas estaremos mejor, pero no en esas dos: la inseguridad que nos cambió la manera de vivir y el desaseo de la ciudad que es nuestro deprimente escenario cotidiano. ¿Serán dos plagas definitivas? No lo sé, como tampoco puedo adivinar si se perpetuarán las imágenes de indigentes durmiendo por las calles y carritos de hurgadores circulando en pos de la basura.
Son cosas que antaño no se veían y que ahora, exaltación del "pobrismo" mediante, son muestras del retroceso educativo y cultural que padecemos, evidenciado en tantas faltas colectivas de urbanidad, en la decadencia del uso del idioma castellano y en ese culto de la medianía que procura convertir a la humildad en la mayor de las virtudes, por no decir la única.
Estas reflexiones vienen a cuento en honor de esta rara celebración de la nostalgia, tan típica de un país cautivo de su pasado como lo prueban ciertos temas recurrentes de la agenda nacional. "Memoria y justicia", por ejemplo, son palabras que evocan el drama de los desaparecidos, una historia que parece no tener fin y que la izquierda gobernante, o parte de ella, se encarga de atizarla mientras intenta rescatar de los museos a gliptodontes como el Frigorífico Nacional y el Instituto de Pesca. ¡Siempre el pasado!
De él tampoco escapan los partidos tradicionales que en estos días se enzarzan en reyertas sobre cuál es el más antiguo, o debaten si el batllismo aun vive y reina entre nosotros. Quienes así discuten olvidan que las reglas de juego cambiaron con el predominio del Frente Amplio que solo será desplazado por una oposición unida, es decir, por blancos y colorados juntos. Por eso tengo nostalgia de aquel Wilson Ferreira que, impedido de ser candidato, tuvo el gesto de salir de la cárcel resuelto a darle gobernabilidad a Julio Sanguinetti.
En suma, casi toda mi nostalgia tiene un trasfondo político o pertenece directamente a la política como ocurre con viejas pero buenas prácticas ya abandonadas. Por citar un caso, siento la ausencia de aquellos debates públicos entre candidatos presidenciales que hoy nos permitirían medir mejor la calidad de las propuestas y de los proponentes, y que no se hacen en nuestro país desde hace casi dos décadas.
Otras cosas podrían citarse en honor de esta noche de la nostalgia aunque siempre con el riesgo de caer en esta trampa de alimentar la obsesión por el pasado. Mañana, 25 de agosto, concluidos los actos de nuestra excéntrica fiesta para evocadores, habrá que concentrarse en el futuro y recordar con Antonio Machado que "ni el pasado ha muerto, ni está el mañana, ni el ayer escrito".