Cien años del robo de La Gioconda

Jorge Abbondanza

Hoy se cumplen cien años del robo de La Gioconda en el Museo del Louvre. A las 7 de la mañana del 21 de agosto de 1911, el carpintero italiano Vincenzo Peruggia entró al museo, subió al Salon Carré, descolgó el cuadro, lo soltó de su marco, lo envolvió en el guardapolvo que llevaba puesto y salió a la calle sin que nadie lo detuviera. Era un lunes, el día en que el Louvre estaba cerrado al público, y la falta de la obra solo fue advertida por los guardias unas horas después, pero pensaron que la habían llevado a un estudio fotográfico para ser reproducida, cosa que era bastante habitual. Finalmente descubrieron la anormalidad, y la policía recién llegó a las 2.30 de la tarde. La investigación fue torpe, dirgna del inspector Clouseau, aunque el caso tuvo una clamorosa cobertura en la prensa mundial.

No se trataba de una de las obras maestras del Renacimiento italiano, sino de la más célebre de todas. Porque La Gioconda, un trabajo de pequeño formato (77 x 55 cm.) realizado sobre una tabla de madera de álamo, fue pintada por Leonardo da Vinci en Florencia entre 1503 y 1506. Es el retrato de la napolitana Lisa Gherardini, casada con el mercader Francesco di Zanobbi del Giocondo, y ha quedado en Francia porque en 1517 fue vendido por el artista al rey Francisco I por 400.000 escudos de oro, que era una notable suma para la época. Cinco siglos después, La Gioconda (o Mona Lisa, como también se la llama) no solo está revestida por la maestría quizás inigualable del pintor, sino además por la leyenda de su ligera sonrisa, el misterio de la modelo que posó para ese retrato y la belleza ideal del resultado.

Ese era el objeto del que se apropió Peruggia hace cien años. El ladrón era un pobre operario nacido cerca de Como en 1881 y afincado en París, donde trabajaba para la empresa que había confeccionado la urna de vidrio en que se exhibía La Gioconda en el Louvre. Se supone que para cometer el robo del siglo fue instigado por un estafador que le prometió dinero y que esperaba la desaparición del cuadro para vender varias copias a incautos coleccionis, haciéndolas pasar por el original y cobrando precios millonarios. De hecho, esas copias se hicieron cuidadosamente por un falsificador marsellés y el estafador vendió seis de ellas (a cinco norteamericanos y un brasileño) estimándose que pudo obtener a cambio entre 30 y 60 millones de dólares. Ese enorme dividendo permite medir la fascinación que siempre ejerció la obra a nivel internacional.

Peruggia la mantuvo escondida en París durante dos años hasta que se la llevó a un anticuario florentino para venderla, argumentando que deseaba devolver la pintura a su país de origen. Fue denunciado por ese hombre a la policía y al fin pasó solamente siete meses en la cárcel. Se sabe que Peruggia murió en 1925, aunque Lisa Gherardini sigue viva en el Louvre.

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