Sociedad de masas

La sociedad de masas ha sido uno de los productos más espectaculares de la revolución industrial y la explosión demográfica, modificando para siempre la escala de las actividades humanas y el volumen de los conflictos que suelen alterarlas. Pero como todo producto que crece desmesuradamente, el factor masivo puede desbordar su envase y provocar los disturbios que se viven hoy, algunos de los cuales son por el momento pacíficos, aunque otros muestran distintos grados de violencia, sin perjuicio de que en todos los casos tienen una dimensión colosal.

El desempleo, la carestía y el malestar colectivo están a menudo detrás de esos problemas y han desembocado en las enormes concentraciones de los "indignados" españoles, que en alguna medida afectan también a Italia y sobre todo a Israel, donde al mar de fondo se suma la disconformidad popular con la gestión de los políticos en gobiernos incapaces de apaciguar el desasosiego de la gente. Esas manifestaciones, que recorren las avenidas, acampan en los grandes espacios públicos y paralizan las ciudades, son un llamado de atención para despertar la respuesta de una clase dirigente cada vez más atemorizada ante semejantes erupciones, aunque no siempre apta para encarar el desafío.

La crisis financiera internacional que arrastra la huella del descalabro de 2008, se agravó en estos días con las alarmas ante la deuda norteamericana y la volatilidad de las bolsas, oscureciendo aun más el paisaje económico que la clase trabajadora, el sector juvenil y los desocupados sufren particularmente y en una escala a veces escandalosa, como el 40% de los jóvenes irlandeses o españoles que no consigue empleo a pesar de disponer de una preparación calificada. A eso se agrega el creciente número de pobres que en las sociedades ricas exhibe una insolvencia y unos apremios desconocidos hasta ahora en las franjas burguesas de esas comunidades.

La movilización de las masas descontentas refleja de distintas maneras ese trasfondo. A nivel global, lo preocupante es la magnitud y la frecuencia de tales brotes, que se producen cuando las presiones sociales son más poderosas que la maquinaria de mantenimiento del orden, pero de cualquier forma son de baja intensidad cuando se expresan pacíficamente como en los casos señalados. En cambio, pueden convertirse en un fenómeno pavoroso cuando alcanzan otros grados de violencia, como ocurrió con los alzamientos en arrabales de París y como está sucediendo ahora en el centro de Santiago de Chile o en las barriadas periféricas de Londres y otras ciudades inglesas, porque en esos ejemplos el desenfreno pervierte las razones de cualquier proclama al convertir protestas -que pueden tener motivaciones atendibles- en una declaración de guerra al sistema o en un recurso que busca simplemente perturbar la vida colectiva.

En tales extremos suele haber piquetes agresivos o grupos políticos encubiertos, que amparados en la declaración de propósitos que les sirve de pantalla, corrompen lo que se había planeado como una demostración organizada y la convierten en una batalla feroz, saqueadora o incendiaria, como se ha visto en los casos enumerados. A veces ese cangrejo está debajo de la piedra y es capaz de descomponer no solo el carácter sino además la consecuencia de una movilización popular, y por lo tanto la reacción que despierta en la fuerza pública, cuyo rigor es probablemente lo que buscan esos provocadores bajo el manto protector de la marea humana en que se infiltran. En todo caso, también esos picos de violencia colorean el mapa de las agitaciones de hoy, aunque tengan una naturaleza más turbia, una intención más oculta y una estrategia más sinuosa que los levantamientos contra regímenes opresivos, como el de Siria o el de Libia, porque están -en más de un sentido- enmascarados. Esa es una de las caras más ingratas de la sociedad de masas y de su turbulencia.

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