El público como instrumento de McFerrin

Acontecimiento. El cantante estadounidense afinó a su audiencia este domingo de noche

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MATÍAS CASTRO

Apenas una silla, un par de botellas de agua y un micrófono eran los elementos que vestían el escenario de Bobby McFerrin este domingo por la noche en el Auditorio Nacional del SODRE. Pero por detrás había mucho más.

Ser un "one hit wonder" o "maravilla de un solo éxito", como dicen los estadounidenses, tiene sus beneficios. En cierto sentido McFerrin lo es. Aunque su carrera sea reconocida como la de un artista prestigioso e inquieto, el mundo lo conoce todavía por la canción Don`t worry be happy. A diferencia del prototipo del "one hit wonder", McFerrin tiene y tendrá mucho más para dar, como demostró el domingo, armado solamente con su micrófono frente a casi 2.000 personas.

La voz de este estadounidense de sesenta y un años se desdobla, deforma y cambia constantemente causando asombro. La acompaña la palma de la mano derecha que hace percusión contra el pecho y, en ocasiones, hasta el sonido de las suelas de los zapatos marcando el ritmo. McFerrin ha dejado de darle protagonismo a Don`t worry be happy, pero no cabe duda que ante los ojos de todo el mundo esa canción ha funcionado como embajadora de su forma de hacer música. Es la responsable de que mucha gente sepa que lo suyo es solamente vocal. Y, probablemente, también es en parte la responsable de que el público vea un concierto de McFerrin con expectativa e interés suficiente como para participar de sus juegos.

Se sabía de antemano que parte del show consiste en la participación del público. La más tradicional, que es cuando el público canta desde sus butacas, era esperable, pero las demás no. McFerrin empleó cinco maneras distintas de vincularse con el auditorio en un diálogo que no es frecuente y de este modo logró cambiar los códigos habituales de los conciertos y emplear a su público como un instrumento y viceversa. Pero eso merece una explicación.

Con un gesto de la mano derecha, sin palabras, McFerrin indicó a la audiencia que tenía que cantar; ese fue su primer modo de comunicación. El público respondió perfectamente y él los guió con gestos al tiempo que cantaba apoyado en esa base sonora y la perfecta acústica de la sala del Auditorio Nacional hacía el resto.

Otra forma que empleó para dialogar con la audiencia fue sentarse en el borde del escenario e invitar a voluntarios para hacer breves dúos con él. McFerrin hacía una base sonora mientras su compañero, sin mediar palabras de acuerdo o previsión, realizaba sus improvisaciones. El resultado fue inevitablemente irregular, pero la idea no es encontrar grandes cantantes en el público sino disfrutar. Hay que tener en cuenta que el cantante tiene armado su show para el disfrute de su público y no para el juicio de los críticos, cosa que no quiere decir que sea una propuesta barata.

El tercer modo de comunicarse fue la formación casi espontánea de un coro en escena. Primero pidió 16 cantantes pero como subieron más y más resolvió aceptar prácticamente a todos los voluntarios, a los que organizó rápidamente según sus voces. Desde el escenario y bajo su batuta interpretaron una canción en una experiencia infrecuente, en la que el público era tanto espectador como espectáculo.

El cuarto modo lo puso a él como instrumento del público. Pidió bailarines entre la audiencia y subieron seis, de distintos niveles pero todos igualmente dispuestos. Cada uno bailó mientras él improvisaba música que, en realidad, se adaptaba al movimiento y estilo que cada bailarín ponía.

Y, finalmente, la manera que más llamó la atención fue cuando usó a la audiencia casi como si tocase un piano. Se paró, y saltó al tiempo que emitía un sonido. El público lo imitó y, debido a la fluidez que se había generado, se entendió de inmediato que a cada salto suyo la gente debía cantar otra vez cambiando los tonos según la fuerza de sus saltos. Luego McFerrin saltó a su izquierda y emitió otra nota, algo que el público imitó. Varios saltos más les mostraron otras notas. Luego de ese brevísimo ensayo, el cantante comenzó a saltar de lado a lado del escenario, casi como si fueran pasos de una rayuela. A cada salto el público respondía cantando adecuadamente, como si él estuviese presionando las teclas de un órgano imaginario en una demostración de que la música es un lenguaje universal que va por encima de las diferencias entre inglés y español.

Para rematar sus recitales, McFerrin suele dedicar unos minutos a contestar preguntas del público. El domingo lo propuso pero la voz que más se escuchó desde la platea le pidió por una canción en particular. La cantó y con eso sustituyó la sesión de preguntas y respuestas. Pero el diálogo ya se había dado en las dos horas anteriores, nota a nota, juego a juego.

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